El pasado no avisa cuando regresa.
Aparece.
Irene lo vio primero en el lobby, a través del vidrio del ascensor que descendía con lentitud. Un hombre mayor, traje oscuro, postura rígida, mirada inquieta que parecía fuera de lugar en ese espacio pulcro y moderno.
Tardó un segundo en reconocerlo.
Demasiados años.
Demasiados recuerdos.
Su tío Ernesto.
El hermano menor de su padre.
El hombre que había estado allí el día que él llegó a casa con la carta de despido en la mano. El que había visto, en silencio, cómo su padre se apagaba sin saber qué hacer para detenerlo.
Irene sintió cómo el aire se le iba del pecho.
No estaba preparada.
No para verlo ahí.
No en ese edificio.
No ahora.
—Vengo a hablar con el señor Blackstone —decía Ernesto a la recepcionista con una voz que intentaba sonar firme.
Irene salió del ascensor con el pulso acelerado.
—Tío…
Ernesto giró la cabeza. Sus ojos se abrieron con sorpresa genuina.
—Irene.
Hubo un silencio incómodo, lleno de años no hablados.
—¿Qué haces aquí? —preguntó ella, bajando la voz.
—Necesito hablar con él —respondió Ernesto—. Con el hombre que firmó lo que le hicieron a tu padre.
El golpe fue directo.
Irene miró alrededor. Varias personas fingían no escuchar.
—No aquí —dijo con rapidez—. Ven conmigo.
Adrián levantó la vista cuando Irene entró sin tocar.
—Tenemos un problema —dijo ella.
Él notó de inmediato algo distinto en su expresión.
—¿Qué pasa?
—Mi tío está en recepción. Quiere hablar contigo.
Adrián se puso de pie lentamente.
—¿Sobre…?
Irene sostuvo su mirada.
—Sobre Atlas. Sobre mi padre.
El silencio que siguió fue pesado.
—Déjalo subir —dijo Adrián.
—No sabes cómo viene —advirtió Irene.
—Lo imagino.
Ernesto entró al despacho con la tensión marcada en el cuerpo. Sus ojos se clavaron en Adrián con una mezcla de rabia contenida y dolor antiguo.
—Usted —dijo sin saludar.
Adrián sostuvo su mirada.
—Sí.
Irene se quedó a un lado, sintiendo cómo el pasado se materializaba en esa sala.
—Mi hermano perdió todo después de esa firma —continuó Ernesto—. Usted siguió su vida como si nada.
Adrián no intentó interrumpirlo.
—¿Sabe lo que es ver a alguien apagarse poco a poco porque ya no siente que vale nada?
Irene cerró los ojos un segundo.
—Lo sé —dijo Adrián con voz firme.
Ernesto soltó una risa amarga.
—No, no lo sabe.
Adrián dio un paso al frente.
—Tiene razón. No lo supe entonces. Lo entiendo ahora.
El hombre dudó un segundo.
—Nada de lo que diga cambia lo que pasó —añadió Ernesto.
—No —respondió Adrián—. Pero sí cambia lo que decido hacer a partir de eso.
El silencio se volvió espeso.
Ernesto miró a Irene, confundido.
—¿Trabajas para él?
Irene sostuvo su mirada.
—Sí.
—¿Cómo puedes…?
La pregunta quedó suspendida.
Irene respiró hondo.
—Porque las cosas no son tan simples como eran antes.
Ernesto miró a Adrián una vez más, con una mezcla de enojo y desconcierto.
—Solo quería que supiera que lo que firmó tuvo rostro —dijo finalmente—. Y nombre.
Se dio la vuelta y salió sin esperar respuesta.
Cuando la puerta se cerró, el silencio quedó flotando en el despacho.
Irene no se movió.
Adrián tampoco.
—Lo siento —dijo él en voz baja.
Irene negó con la cabeza.
—No es tu culpa que él siga enojado.
Adrián la miró con una intensidad distinta.
—Pero sí fue mi decisión.
El pasado no había llegado como un recuerdo.
Había llegado como un reclamo vivo.
Y ahora estaba ahí, entre ellos, más real que nunca.