La cláusula del odio

Capítulo 46

La traición no siempre viene de un enemigo.
A veces nace en los lugares donde uno baja la guardia.
Irene lo sintió antes de poder explicarlo.

No fue un comentario directo. No fue una acusación. Fue una suma de pequeños detalles que empezaron a encajar de forma incómoda: correos reenviados fuera de contexto, decisiones que parecían discutirse en pasillos donde ella no estaba, miradas que se desviaban apenas cuando pasaba.

Algo se estaba moviendo por debajo.
Y no era casual.

—¿Viste esto? —preguntó Marcos, acercándose con el teléfono en la mano.

Irene levantó la vista.
En la pantalla había un mensaje reenviado en un grupo interno de supervisores: un extracto de un correo de Adrián donde mencionaba la importancia del “criterio de Salvatierra” en decisiones recientes.
Sacado de contexto.
Expuesto.

—¿Quién lo compartió? —preguntó Irene.

Marcos negó con la cabeza.

—No aparece el origen. Solo empezó a circular.

Irene sintió una presión incómoda en el pecho.
Ese correo era privado. Parte de una conversación directa entre ella y Adrián.
Alguien lo había filtrado.
Entró al despacho sin tocar.

—Revisaron nuestros correos —dijo sin preámbulo.

Adrián levantó la vista, tenso.

—¿Qué?

Irene le mostró el mensaje.
Adrián lo leyó en silencio. Su expresión cambió apenas, pero lo suficiente.

—Esto no salió de aquí por accidente —dijo.

—No.

Se miraron.
La traición no era ruidosa. Era calculada.

—Quieren que parezca que estoy influyendo demasiado en tus decisiones —añadió Irene.

—Quieren que parezca que ya no decido solo —corrigió Adrián.

Era más grave de lo que parecía.
En un entorno donde el poder debía ser claro, la idea de que alguien “externo” estaba moldeando decisiones podía volverse un arma.

—¿Quién tendría acceso? —preguntó Irene.

Adrián pensó unos segundos.

—Muy pocas personas.

El silencio se volvió pesado.
Irene entendió antes de que él lo dijera.

—Claudia.

Adrián no respondió, pero su mirada confirmó la sospecha.
Claudia Méndez tenía acceso a copias ejecutivas de ciertos correos por su rol en relaciones corporativas.
Y también tenía algo más: la incomodidad evidente que Irene había notado semanas atrás.

—No es un ataque frontal —dijo Irene—. Es algo más sutil.

—Quieren sembrar duda —añadió Adrián.

Duda sobre ella.
Duda sobre él.
Duda sobre la legitimidad de sus decisiones.

La traición invisible no buscaba destruir de inmediato.
Buscaba debilitar desde dentro.

Irene se dejó caer en la silla frente al escritorio.

—Esto va a escalar.

—Lo sé.

—Y no podemos acusar sin pruebas.

—No.

Se miraron en silencio.

—Van a usar la percepción —dijo Irene.

—Y nosotros solo tenemos la verdad —respondió Adrián.

Eso no siempre era suficiente.
Porque la verdad no circula tan rápido como el rumor.
Y en ese momento, Irene entendió algo con claridad incómoda:
no estaban siendo atacados por lo que habían hecho.

Estaban siendo atacados por lo que otros creían que estaba ocurriendo entre ellos.

Y esa percepción, alimentada desde adentro por alguien en quien habían confiado, podía convertirse en el problema más serio que habían enfrentado hasta ahora.
La traición no tenía nombre todavía.
Pero ya tenía dirección.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.