La oficina no cambió de un día para otro.
Cambió en la forma en que la gente se agrupaba.
Irene lo notó en la cafetería, donde antes las mesas se mezclaban sin orden. Ahora había pequeños núcleos de conversación que bajaban la voz cuando ella pasaba. Miradas que no eran hostiles… pero tampoco neutrales.
Observadoras. Calculadoras.
La traición invisible había hecho su trabajo.
Había sembrado duda.
Y la duda, en un lugar donde el poder era tan visible, obligaba a las personas a tomar posiciones aunque nadie lo dijera en voz alta.
—Esto se está polarizando —dijo Marcos en voz baja mientras caminaban hacia la sala de reuniones.
Irene asintió.
—Sí.
—Hay quienes creen que tú estás cambiando la forma en que Adrián dirige la empresa.
—Y otros creen que él perdió objetividad —añadió Irene.
Marcos la miró con preocupación genuina.
—No puedes seguir en el medio.
Esa frase se le quedó clavada.
No puedes seguir en el medio.
En la reunión, Irene lo vio con claridad.
Claudia Méndez hablaba con una seguridad nueva, cuestionando decisiones con un tono sutilmente crítico. No atacaba directamente, pero dejaba caer frases que obligaban a mirar hacia Irene.
—Tal vez deberíamos volver a procesos más… tradicionales —dijo en un momento, con una sonrisa suave.
Algunos asintieron.
Adrián no dijo nada.
Irene entendió el mensaje con precisión quirúrgica: estaban obligando al entorno a elegir bando sin decirlo explícitamente.
Tradición… o cambio.
Lealtad antigua… o nueva dinámica.
Después de la reunión, Irene entró al despacho sin avisar.
—Esto ya no es sutil.
Adrián asintió.
—No.
—Están esperando que yo me equivoque.
—Y que yo me distancie de usted.
El silencio fue inmediato.
Esa era la jugada real.
—Quieren que yo retroceda —dijo Irene.
—Y que yo lo permita —añadió Adrián.
Se miraron largo rato.
—No voy a pedirle que se aparte —dijo él.
—Y yo no voy a hacerlo sola —respondió ella.
La tensión ya no era emocional. Era estratégica.
—Esto nos obliga a posicionarnos —dijo Irene.
—Sí.
—Y no es solo profesional.
Adrián sostuvo su mirada.
—Lo sé.
Porque ahora elegir bando no era solo decidir cómo manejar la empresa.
Era decidir si estaban dispuestos a sostener públicamente una dinámica que muchos empezaban a cuestionar en privado.
—Si cedo, pierdo credibilidad —dijo Irene.
—Si yo cedo, pierdo coherencia —respondió Adrián.
El silencio se volvió más firme.
—Entonces no cedemos —dijo ella.
Adrián asintió lentamente.
—Entonces elegimos.
No hacía falta decir el bando.
Porque ambos sabían que, a partir de ese momento, no estaban solo defendiendo decisiones estratégicas.
Estaban defendiendo la legitimidad de algo que iba mucho más allá del trabajo.
Y eso, en un entorno donde las lealtades eran antiguas y los cambios incómodos, iba a obligar a todos los demás a hacer lo mismo.
Elegir.