El precio no llegó en forma de escándalo.
Llegó en forma de desgaste.
Irene lo sintió en la manera en que cada decisión ahora parecía tener doble lectura. Ya no bastaba con que fuera correcta. Tenía que ser impecable. Incuestionable. Blindada.
Porque cualquier pequeño error podía convertirse en “prueba” de algo que nadie decía en voz alta… pero muchos insinuaban.
Y eso cansaba.
Más de lo que estaba dispuesta a admitir.
—Estás trabajando el doble —dijo Marcos una tarde, apoyado en el marco de su oficina.
Irene no levantó la vista de la pantalla.
—Solo estoy siendo cuidadosa.
—No. Estás intentando demostrar algo todo el tiempo.
Irene cerró los ojos un segundo.
—Tal vez.
Porque sabía que tenía razón.
Cada informe revisado tres veces. Cada correo redactado con precisión quirúrgica. Cada palabra medida como si pudiera ser usada en su contra.
No por incompetencia.
Por percepción.
Adrián también lo notaba.
La veía llegar más temprano. Irse más tarde. Asumir tareas que antes delegaba. No pedir ayuda. No mostrarse vulnerable en nada.
Y entendía por qué.
—Esto no puede seguir así —dijo una noche, cuando el piso estaba casi vacío.
Irene levantó la vista con cansancio evidente.
—¿Así cómo?
—Pagando por algo que no debería costarle tanto.
Irene sostuvo su mirada.
—No es tan grave.
Adrián negó con la cabeza.
—Sí lo es.
Se hizo un silencio largo.
—No quiero que sienta que tiene que demostrar que merece estar aquí —añadió él.
Irene esbozó una sonrisa leve.
—Siempre he tenido que demostrarlo.
—No conmigo.
Esa frase le dolió un poco más de lo esperado.
—Esto no es solo contigo —dijo ella—. Es con todos.
El precio del amor no era evidente. No era dramático. Era sutil.
Era tener que ser mejor que nunca solo para que nadie pudiera cuestionar su lugar.
Era cargar con una presión extra que nadie veía, pero que estaba ahí todos los días.
Irene se levantó y caminó hacia el ventanal.
—No me arrepiento —dijo en voz baja.
Adrián se acercó, quedando a su lado.
—Yo tampoco.
—Pero esto tiene un costo.
—Lo sé.
Se miraron en el reflejo del cristal.
—Y estoy dispuesta a pagarlo —añadió Irene.
Adrián giró la cabeza para mirarla directamente.
—No quiero que tenga que hacerlo sola.
Irene sostuvo su mirada.
Porque entendía algo con una claridad incómoda: amar a Adrián no la debilitaba.
Pero sí la exponía.
Y esa exposición tenía consecuencias que no podían ignorar.
—No es el amor lo que pesa —dijo ella—. Es todo lo que viene con él.
Adrián asintió lentamente.
Porque ambos sabían que, a partir de ese momento, no estaban solo defendiendo su relación.
Estaban aprendiendo a vivir con el precio que implicaba sostenerla en un lugar donde nada pasaba desapercibido.