La caída no empezó con un error.
Empezó con una reunión.
Una de esas que se convocan “de urgencia” y que, en realidad, llevan semanas preparándose en silencio.
Irene lo supo apenas vio el asunto del correo:
Revisión extraordinaria de procesos ejecutivos — asistencia obligatoria.
No decía nada.
Y decía todo.
Entró al despacho de Adrián sin tocar.
—Ya lo viste.
Él asintió, serio.
—Sí.
—Esto no es casualidad.
—No.
Se miraron un segundo que pareció más largo de lo normal.
—Van a cuestionar decisiones recientes —dijo Irene.
—Y el criterio detrás de ellas —añadió Adrián.
Ese era el verdadero objetivo.
La sala del directorio estaba más llena de lo habitual. No solo los miembros formales. También asesores externos. Observadores silenciosos.
Claudia estaba sentada a la derecha del presidente del consejo.
Eso tampoco era casual.
—Gracias por asistir con tan poco aviso —dijo el presidente con tono neutro—. Hemos recibido comentarios internos sobre la concentración de decisiones estratégicas en un grupo reducido.
El golpe fue limpio.
—Queremos revisar si los procesos actuales siguen siendo saludables para la organización.
Irene sintió cómo el aire se volvía más denso.
—¿Podría especificar? —preguntó Adrián con calma controlada.
El presidente miró unos papeles.
—Se ha señalado que ciertas decisiones recientes han estado excesivamente influenciadas por criterios no tradicionales.
No dijeron su nombre.
No hacía falta.
—Y que eso podría estar afectando la objetividad ejecutiva.
Silencio.
Adrián sostuvo su mirada sin titubear.
—Todas las decisiones fueron mías.
—No es eso lo que se está cuestionando —intervino Claudia con suavidad—. Sino cómo se llega a ellas.
Irene sintió el golpe como algo físico.
No estaban cuestionando resultados.
Estaban cuestionando la legitimidad del proceso.
Y, por extensión… su presencia.
—Señorita Salvatierra —dijo el presidente finalmente—, ¿podría explicar su rol actual en la toma de decisiones?
La pregunta cayó con una elegancia peligrosa.
Irene respiró hondo.
—Mi rol es consultivo. Analítico. Basado en datos.
—¿Y cree que ese rol ha crecido más de lo previsto inicialmente?
La trampa estaba ahí.
Irene sostuvo la mirada del presidente sin parpadear.
—Creo que mi trabajo ha demostrado ser útil.
Algunos intercambiaron miradas.
Adrián intervino.
—Esto es innecesario.
—Es preventivo —corrigió el presidente.
Preventivo.
Como si ella fuera un riesgo.
Cuando la reunión terminó, el mensaje era claro sin haber sido dicho explícitamente:
la dinámica actual estaba bajo observación formal.
Y eso significaba algo peor que una sanción directa.
Significaba desconfianza oficial.
Salieron al pasillo en silencio.
Irene sintió algo nuevo en el pecho.
No miedo.
Vértigo.
—Esto es una caída libre —dijo en voz baja.
Adrián la miró.
—Aún no.
—Sí lo es —respondió ella—. Porque ya no depende de lo que hagamos bien. Depende de lo que otros quieren ver mal.
Se quedaron quietos, uno frente al otro.
Por primera vez desde que todo había empezado, Irene sintió que el terreno bajo sus pies ya no era firme.
Y lo más inquietante no era que estuvieran siendo atacados.
Era que, por primera vez, el sistema entero parecía inclinarse suavemente en su contra.
Y cuando eso ocurre… no se cae de golpe.
Se cae sin darse cuenta.