Después de la reunión, no hubo confrontaciones.
No hubo correos.
No hubo comentarios directos.
Hubo silencio.
Un silencio denso, institucional, que se instaló como una capa invisible sobre el piso treinta y dos. Nadie preguntaba nada. Nadie decía nada. Pero todos sabían que algo estaba ocurriendo.
Y eso era peor.
Irene lo sintió en la forma en que los pasillos parecían más largos, en cómo las conversaciones se volvían más breves cuando ella se acercaba. No había hostilidad abierta. Había distancia.
Como si, de pronto, fuera prudente no acercarse demasiado.
Adrián tampoco decía nada.
Se movía con la misma seguridad de siempre, pero hablaba menos en reuniones. Escuchaba más. Intervenía solo cuando era estrictamente necesario.
Era una estrategia.
Reducir el ruido.
No dar material.
Esperar.
Pero el silencio, lejos de calmar las aguas, hacía que todo se sintiera más tenso.
A media tarde, Irene entró a su despacho sin anunciarse.
Adrián levantó la vista.
No hablaron de inmediato.
Ese silencio entre ellos no era incómodo. Era compartido.
—¿Sabes qué es lo peor? —dijo Irene finalmente.
Adrián negó con la cabeza.
—Que nadie está diciendo nada… y aun así todos ya decidieron algo.
Adrián asintió lentamente.
—El silencio permite que cada uno invente su propia versión.
Irene se sentó frente a él.
—Esto me recuerda a cuando despidieron a mi padre —dijo en voz baja—. Nadie le explicó nada. Solo dejaron de hablarle como antes.
La comparación cayó con un peso inesperado.
Adrián sostuvo su mirada con atención plena.
—No voy a permitir que esto termine igual —dijo.
Irene esbozó una sonrisa cansada.
—No depende solo de ti.
Silencio otra vez.
Pero esta vez no era externo. Era interno.
Un espacio donde ambos estaban pensando lo mismo sin atreverse a decirlo: estaban entrando en una zona donde el control ya no estaba completamente en sus manos.
—Tal vez lo mejor ahora es no hacer nada —dijo Adrián.
—Sí.
—Esperar.
—Sí.
El silencio absoluto no era rendición. Era contención.
Una pausa obligada mientras el entorno decidía cómo seguir.
Cuando Irene salió del despacho, el piso parecía más tranquilo que nunca.
Demasiado.
Entendió entonces que el peligro no siempre viene con ruido.
A veces viene envuelto en una calma tan perfecta… que no deja espacio para defenderse.
Y en ese silencio absoluto, lo único que seguía siendo claro para ambos era lo que sentían el uno por el otro.
Todo lo demás empezaba a volverse incierto.