La ruptura no empezó con una pelea.
Empezó con una decisión.
Irene la tomó sola.
No en un impulso. No en un momento de rabia. La pensó durante horas, mientras el silencio del piso treinta y dos seguía pesando más de lo normal y las miradas seguían diciendo lo que nadie se atrevía a hablar.
Entendió algo con una claridad dolorosa:
no estaban siendo atacados por lo que hacían mal.
Estaban siendo observados por lo que hacían juntos.
Y mientras eso siguiera así, cualquier movimiento de Adrián iba a estar condicionado por su presencia.
Ella se había convertido, sin quererlo, en el punto más fácil de usar en su contra.
Entró al despacho sin tocar.
Adrián levantó la vista y supo de inmediato que algo no estaba bien. No por su expresión. Por su calma.
—Tenemos que hablar —dijo Irene.
Él asintió despacio.
—Sí.
Irene no se sentó.
—Esto ya no se trata de nosotros —empezó—. Se trata de lo que está pasando alrededor.
Adrián se puso de pie.
—Lo sé.
—Y mientras yo esté aquí, van a seguir usándome para cuestionarte.
—Eso no me importa.
Irene sostuvo su mirada con firmeza.
—A mí sí.
Silencio.
—No quiero ser la razón por la que duden de tu liderazgo.
—No lo eres.
—Sí lo soy —dijo con suavidad—. Aunque no sea justo.
Adrián apretó la mandíbula.
—¿Qué estás diciendo?
Irene respiró hondo.
—Que tenemos que parar esto.
La frase cayó como un golpe seco.
—No —dijo él de inmediato.
—Sí.
—No puedes decidir eso sola.
Irene sostuvo su mirada.
—Alguien tiene que hacerlo.
El silencio se volvió denso.
—Esto no es rendirse —añadió ella—. Es proteger lo único que aún podemos controlar.
Adrián dio un paso hacia ella.
—No quiero proteger la empresa si eso significa perderte.
Irene sintió cómo el pecho se le apretaba.
—Y yo no quiero quedarme si eso significa destruir lo que construiste aquí.
Se miraron largo rato.
No había enojo. No había reproches.
Había dolor.
—Esto no cambia lo que siento —dijo Irene en voz baja.
—Ni lo que siento yo.
—Pero sí cambia lo que tenemos que hacer.
Adrián cerró los ojos un segundo.
—No quiero que esto termine así.
Irene dio un paso atrás.
—No está terminando —susurró—. Solo estamos rompiendo lo que nos está rompiendo a nosotros.
La distancia entre ellos se sintió más grande que nunca.
—Necesitamos volver a ser solo jefe y empleada —dijo ella.
Adrián la miró como si esa frase fuera imposible.
—Eso no existe ya.
—Tiene que existir —respondió Irene.
El silencio final fue devastador.
Porque ambos sabían que esta ruptura no nacía de la falta de amor.
Nacía precisamente de él.
Y eso era lo que la hacía infinitamente más difícil de aceptar.