La cláusula del odio

Capítulo 52

Al día siguiente, la oficina parecía idéntica.
Pero para Adrián, nada estaba en su lugar.
El despacho seguía ordenado. La agenda llena. Las decisiones pendientes. Todo funcionaba con la precisión habitual… excepto él.
No había dormido.

No por la ruptura en sí, sino por la forma en que ocurrió: tranquila, razonada, inevitable. Irene no lo había dejado sin argumentos. Lo había dejado sin espacio para luchar.
Y eso hería más que cualquier discusión.
Porque no podía culparla.
Y no podía culparse del todo a sí mismo.
Solo quedaba el orgullo.

Irene llegó temprano, como siempre.
Caminó por el pasillo con la misma seguridad de cada día, saludó con la misma cortesía, abrió su computadora y empezó a trabajar sin levantar la vista hacia el despacho de Adrián.

Eso dolió más de lo esperado.

Adrián la observó desde el cristal unos segundos demasiado largos antes de obligarse a apartar la mirada.
Ella estaba cumpliendo su parte del acuerdo.
Él no sabía cómo cumplir la suya.

—Necesito el informe del directorio —dijo Adrián desde el marco de su oficina, usando un tono estrictamente profesional.

Irene alzó la vista.

—Lo tiene en su correo.

Nada más.
Sin miradas sostenidas. Sin silencios cargados. Sin nada que delatara que, horas atrás, habían decidido romper algo que ambos querían conservar.
Esa normalidad forzada le raspaba por dentro.

A media mañana, Claudia entró al despacho.

—Parece que las cosas volvieron a la normalidad —comentó con una sonrisa apenas disimulada.

Adrián la miró con frialdad.

—Nunca dejaron de estarlo.

Claudia inclinó la cabeza.

—Claro.

Se fue dejando una sensación incómoda flotando en el aire.

El mensaje era claro: habían notado el cambio.
Y lo interpretaban como una corrección.
Eso hizo que el orgullo de Adrián se tensara aún más.
Porque no había sido una corrección estratégica.
Había sido una herida personal.

Esa tarde, Irene entró al despacho con un documento para firmar. Lo dejó sobre el escritorio sin mirarlo demasiado.

—Aquí está lo que pidió.

Adrián firmó sin leer, luego levantó la vista.

—¿Así va a ser ahora?

Irene sostuvo su mirada apenas un segundo.

—Así tiene que ser.

La respuesta fue tranquila. Firme. Sin reproche.
Eso lo desarmó.

—No me gusta —dijo él.

Irene respiró hondo.

—A mí tampoco.

Silencio.

—Pero es lo correcto.

El orgullo herido de Adrián no estaba en haberla perdido.
Estaba en no poder hacer nada para cambiarlo sin arruinar exactamente lo que ella intentaba proteger.

Y eso lo dejaba atrapado en un lugar incómodo donde no podía luchar, no podía insistir, no podía acercarse.
Solo podía aceptar.

Cuando Irene salió, Adrián se quedó mirando la puerta cerrada.
Entendió algo con una claridad amarga:
el orgullo no siempre se hiere cuando alguien te desafía.
A veces se hiere cuando alguien te demuestra que te quiere tanto… que está dispuesto a alejarse por ti.




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