La cláusula del odio

Capítulo 53

La oficina estaba más llena que nunca.
Reuniones encadenadas. Pasillos ocupados. Teléfonos sonando. Voces cruzándose en conversaciones urgentes.
Y, aun así, Irene sentía un vacío extraño que no tenía nada que ver con el trabajo.

Era la ausencia de algo que antes ocupaba espacio sin que ella lo notara: la certeza silenciosa de que Adrián estaba ahí, del otro lado del cristal, compartiendo una complicidad que ya no existía.
Ahora solo quedaba el vidrio.
Y la distancia.

—¿Tienes el reporte de logística? —preguntó Marcos desde la puerta.

—Sí —respondió Irene sin levantar la vista.

Su voz sonaba normal. Su ritmo de trabajo, impecable. Nadie podía notar nada diferente.
Y eso era lo más inquietante.
La vida seguía exactamente igual.
Excepto por lo que faltaba.
Adrián también lo sentía.

Escuchaba risas en el pasillo. Comentarios cruzados. El sonido familiar de la oficina funcionando con precisión.
Pero ya no encontraba su mirada al azar. Ya no entraba a su despacho sin una excusa clara. Ya no existía ese intercambio silencioso que hacía que los días fueran más llevaderos.

Ahora cada interacción estaba reducida a lo estrictamente necesario.
Y esa eficiencia le resultaba insoportable.

A media tarde, coincidieron en la sala de copias.
Se detuvieron un segundo, sorprendidos por la cercanía inesperada.

—Adelante —dijo Irene.

—No, usted.

La formalidad sonó absurda en un espacio tan pequeño.
Se miraron apenas un instante.
Nada más.
Pero ese segundo fue suficiente para que ambos sintieran el peso de lo que ya no estaba.

Irene tomó sus copias y salió primero.
Adrián se quedó un momento más, con la sensación incómoda de que el edificio entero estaba lleno de gente… y, aun así, él se sentía completamente solo.

Esa tarde, Irene se dio cuenta de algo mientras revisaba un informe por tercera vez sin concentrarse.
La oficina no había cambiado.
Ella sí.

Porque ahora, en medio del ruido constante, de las conversaciones cruzadas, del movimiento permanente, sentía una soledad que no había conocido antes.
No era la soledad de estar sola.

Era la de haber tenido compañía… y perderla sin que nadie más lo notara.

Cuando salió al final del día, cruzó el pasillo sin mirar hacia el despacho de Adrián.
Él, desde dentro, la vio pasar.
Ninguno hizo el menor gesto.
Y en ese silencio lleno de gente, ambos entendieron lo mismo al mismo tiempo:
no hay nada más solitario que una oficina llena… cuando la única persona que importa ya no camina a tu lado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.