La cláusula del odio

Capítulo 55

La verdad alivió algo.
Pero no lo borró todo.

A la mañana siguiente, Irene despertó con una sensación nueva en el pecho: no era tristeza, no era miedo… era culpa.

No por haber amado a Adrián.
Sino por todo lo que ese amor había movido alrededor.

Se preparó para ir a la oficina con la mente pesada. El espejo le devolvió un rostro cansado que intentaba parecer firme.

—Esto no debería sentirse así —murmuró.

Pero se sentía.
En el piso treinta y dos, el movimiento era el de siempre. Gente entrando y saliendo de reuniones, voces cruzándose, el murmullo constante del trabajo.

Irene caminó hasta su escritorio sintiendo que cada paso pesaba un poco más.

Recordó a su tío en el lobby.
Recordó la reunión del directorio.
Recordó la filtración del correo.
Y una idea empezó a repetirse en su cabeza con una insistencia incómoda:
Si yo no estuviera aquí, nada de esto estaría pasando.

Adrián la vio llegar desde el despacho. Notó la forma en que evitó mirarlo, la rigidez en sus hombros, la ausencia de esa calma que siempre la caracterizaba.
Salió de su oficina sin anunciarse.

—¿Qué pasa?

Irene levantó la vista, pero no sostuvo su mirada mucho tiempo.

—Nada.

Adrián se apoyó en el borde de su escritorio.

—Sí pasa.

Irene respiró hondo.

—Siento que todo esto es mi culpa.

La frase salió sin adornos.
Adrián frunció el ceño.

—¿De qué estás hablando?

—De las reuniones. De las dudas. De las miradas. De lo que pasó con tu reputación aquí.

Adrián negó con la cabeza.

—Eso no empezó contigo.

—Pero se intensificó conmigo —insistió ella.

Silencio.

—Si yo no hubiera llegado, tú seguirías tomando decisiones sin que nadie las cuestionara —añadió Irene.

Adrián la miró con una firmeza que no admitía discusión.

—Si tú no hubieras llegado, yo seguiría cometiendo errores que nadie se atrevía a señalar.

La frase la hizo alzar la mirada.

—Esto no es culpa tuya —continuó él—. Es consecuencia de un cambio que debía pasar.

Irene negó suavemente.

—No puedo evitar sentir que te arrastré a esto.

Adrián dio un paso más cerca.

—No me arrastraste. Caminé contigo.

El silencio se volvió más suave.

—La culpa es una forma de querer retroceder —dijo él en voz baja—. Y ya no podemos hacerlo.

Irene lo miró con atención.
Porque entendía que tenía razón, pero eso no hacía que el peso en el pecho desapareciera.

—No quiero que pagues un precio por mí —susurró.

Adrián sostuvo su mirada.

—Ya lo estoy pagando. Y no me arrepiento.

Esa respuesta no la alivió.
La conmovió.
Porque entendió algo con una claridad dolorosa:
la culpa no venía de haber hecho algo mal.
Venía de haber hecho algo tan real, tan profundo… que ahora temía que el costo fuera demasiado alto para ambos.




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