La cláusula del odio

Capítulo 56

No todo lo que se pierde hace ruido.
Algunas cosas desaparecen en silencio, sin que uno se dé cuenta del momento exacto en que dejaron de estar.
Irene lo notó una tarde cualquiera, mientras caminaba por el pasillo con una carpeta en la mano. Se detuvo frente al ventanal donde semanas atrás se había quedado mirando la ciudad con Adrián, compartiendo una conversación que ya no recordaba palabra por palabra… pero sí por cómo la había hecho sentir.
Buscó esa sensación.
No estaba.

Entró a la sala de reuniones para preparar una presentación. Colocó el proyector, acomodó las sillas, revisó los documentos.

Recordó otra tarde, en ese mismo espacio, cuando la tensión entre ellos era casi tangible. Cuando las miradas hablaban más que las palabras.

Ahora solo quedaba la mesa.
Las sillas.
La pantalla.
El lugar seguía siendo el mismo.
Lo que se perdió fue lo que llenaba el espacio entre ellos.
Adrián también lo sentía.

Miraba el piso desde su despacho y todo funcionaba como siempre. Irene hablaba con seguridad en una reunión. Caminaba con esa determinación tranquila que siempre la había caracterizado.

Pero ya no existía esa corriente invisible que antes los conectaba incluso cuando estaban lejos.

Ya no había silencios compartidos.
Ya no había complicidad en las miradas.
Ya no había esa sensación de estar acompañados, incluso sin hablar.
Se había perdido algo que no sabía nombrar.

A media tarde, Irene entró a su despacho con un informe.

—Aquí está lo que pediste.

Adrián tomó el documento sin mirarla demasiado.

—Gracias.

Silencio.
Irene no se fue de inmediato.

—¿Te das cuenta? —preguntó en voz baja.

Adrián levantó la vista.

—¿De qué?

—De que no estamos peleando. No estamos sufriendo. No estamos discutiendo.

Adrián frunció apenas el ceño.

—¿Y eso es malo?

Irene sostuvo su mirada.

—Es vacío.

La palabra cayó con un peso inesperado.

—Perdimos algo —añadió ella.

Adrián no respondió de inmediato.
Porque sabía exactamente a qué se refería.

—Perdimos la parte donde esto nos hacía sentir vivos —dijo Irene.

El silencio se volvió más profundo.
No habían perdido el respeto.
No habían perdido el cariño.
No habían perdido lo que sentían.
Habían perdido la forma en que lo compartían.
Y eso, en un vínculo como el suyo, era casi lo mismo que perderlo todo.

—No sé cómo recuperar eso sin romper otra cosa —murmuró Adrián.

Irene asintió lentamente.

—Yo tampoco.

Se miraron en silencio.
Porque lo que se había perdido no era visible.
No se podía señalar.
No se podía reconstruir con lógica.

Era esa energía que alguna vez los hizo moverse con naturalidad alrededor del otro.

Y ahora, en medio de una oficina llena de gente, ambos entendieron que a veces lo más doloroso no es lo que termina.

Es lo que se pierde sin que nadie lo vea desaparecer.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.