La decisión no llegó con lágrimas.
Llegó con claridad.
Irene la tomó sentada frente a su computadora, mirando un documento en blanco que sabía exactamente cómo debía empezar.
No fue impulsiva.
Fue inevitable.
Entendió algo que había estado evitando aceptar desde hacía días: mientras ella siguiera allí, el ambiente no cambiaría. Las miradas no se detendrían. Las dudas no desaparecerían.
Y Adrián seguiría caminando sobre una cuerda floja que ella misma había tensado sin querer.
Respiró hondo.
Y empezó a escribir.
Tocó la puerta del despacho con suavidad.
Adrián levantó la vista.
—Pasa.
Irene entró con un sobre en la mano. No necesitó decir nada para que él entendiera que algo estaba mal.
—¿Qué es eso?
Irene dejó el sobre sobre el escritorio.
—Mi renuncia.
El silencio que siguió fue absoluto.
Adrián no lo abrió.
No hacía falta.
—No —dijo de inmediato.
Irene sostuvo su mirada con calma.
—Sí.
—No puedes hacer esto.
—Ya lo hice.
La serenidad en su voz fue lo que más lo desarmó.
—Esto no soluciona nada —añadió él.
—Soluciona lo que está pasando aquí —respondió ella—. Y eso es suficiente.
Adrián se puso de pie con brusquedad contenida.
—No quiero que te vayas.
Irene sintió un nudo en el pecho, pero no retrocedió.
—Precisamente por eso tengo que hacerlo.
Silencio.
—Si me quedo, siempre seré el punto débil que pueden usar contra ti.
—No eres un punto débil.
—Para ellos, sí.
Adrián apretó el sobre en la mano sin abrirlo.
—No quiero perderte también aquí.
Irene lo miró con una mezcla de tristeza y determinación.
—Ya nos perdimos aquí.
La frase cayó con un peso imposible de ignorar.
—Necesitamos recuperar lo que se perdió —añadió ella—. Y no va a pasar mientras yo siga sentada a diez metros de tu despacho.
Adrián bajó la mirada.
Porque sabía que tenía razón.
Y eso no hacía que doliera menos.
—¿Cuándo? —preguntó al fin.
—Dos semanas.
El protocolo. La formalidad. La distancia.
Todo regresaba a su lugar.
Pero ahora se sentía definitivo.
Cuando Irene salió del despacho, el piso treinta y dos seguía funcionando con la misma precisión de siempre.
Nadie sabía lo que acababa de ocurrir.
Nadie notó que, en ese momento, algo esencial se había movido de forma irreversible.
Porque la renuncia no era solo a un trabajo.
Era a la única forma en que habían aprendido a estar cerca sin destruirse.
Y eso… era mucho más difícil de aceptar que cualquier despedida formal.