La ausencia no llegó el día que Irene dejó el edificio.
Llegó al día siguiente.
Porque el primer día todavía quedaban rastros: su taza en el gabinete, su nombre en un correo reciente, un documento con comentarios suyos abiertos en una pestaña que nadie había cerrado.
El segundo día… ya no.
Adrián entró al piso treinta y dos y supo, sin mirar, que algo estaba fuera de lugar.
No había cambiado el mobiliario.
No había cambiado el ritmo de trabajo.
No había cambiado el sonido constante de teclados y teléfonos.
Pero faltaba una presencia que antes ordenaba el espacio sin que nadie lo notara.
Ahora, el desorden era invisible… pero real.
—¿Tienes el análisis del directorio? —preguntó a Marcos.
Marcos dudó un segundo.
—Eso lo hacía Irene.
Adrián asintió en silencio.
—Lo preparo yo —añadió Marcos, incómodo.
No era incompetencia. Era costumbre rota.
En la reunión de la mañana, Adrián notó algo más.
Las decisiones tardaban más en tomarse. Las discusiones se alargaban. Nadie ofrecía esa mirada distinta que antes obligaba a replantear lo obvio.
Todo funcionaba.
Pero funcionaba peor.
—Podemos aprobarlo así —dijo el director financiero.
Adrián miró el documento y, por primera vez en semanas, no estaba seguro.
Pensó en lo que Irene habría señalado. En el ángulo que habría visto. En la pregunta incómoda que habría hecho.
—No —dijo finalmente—. Revísenlo otra vez.
El silencio que siguió fue sutil.
No estaban acostumbrados a esa duda.
Claudia pasó por su despacho al mediodía.
—Parece que las cosas están más tranquilas —comentó.
Adrián la miró con una frialdad que no intentó disimular.
—Más vacías.
Claudia no supo qué responder.
Porque el comentario no era estratégico.
Era personal.
A media tarde, Adrián se encontró mirando el escritorio vacío que antes ocupaba Irene. Nadie se había sentado allí todavía. No por orden suya. Por una especie de respeto silencioso que nadie había hablado.
Y entendió algo con una claridad incómoda:
la empresa no estaba mejor sin ella.
Estaba más pobre.
No en números.
En criterio.
En energía.
En equilibrio.
Ese día, por primera vez, Adrián sintió que el edificio entero funcionaba… pero sin alma.
Como una máquina perfecta a la que le habían quitado la pieza que hacía que todo tuviera sentido.
Y fue en ese silencio lleno de actividad donde entendió la verdad más incómoda de todas:
no solo la había perdido a ella en la oficina.
Había perdido la mejor versión de sí mismo que existía cuando trabajaban juntos.