Adrián siempre había entendido el poder como control.
Control sobre las decisiones.
Sobre los tiempos.
Sobre las consecuencias.
Pero ahora, sentado solo en su despacho, mirando un edificio que funcionaba sin Irene, descubrió algo que nunca había tenido que enfrentar:
había cosas que no podía controlar.
Y ninguna de ellas tenía que ver con la empresa.
Las reuniones seguían.
Los números cerraban.
Las decisiones se tomaban.
Pero ya no sentía esa claridad interna que antes lo acompañaba. Esa seguridad firme de que estaba viendo el panorama completo.
Ahora había espacios en blanco.
Dudas pequeñas que antes Irene llenaba sin esfuerzo.
Y, sobre todo, un vacío que no tenía nada que ver con el trabajo.
A media tarde, abrió su correo y encontró un archivo antiguo: un informe con comentarios de Irene al margen.
Lo abrió sin pensar.
Leyó una de sus anotaciones: “Aquí falta mirar el impacto humano, no solo el financiero.”
Adrián cerró los ojos un segundo.
Eso era.
No era que ella complementara su trabajo.
Era que lo transformaba.
Se levantó y caminó hacia el ventanal.
Desde allí, la ciudad parecía exactamente igual que siempre.
Pero él no.
Porque por primera vez en años, se sentía incapaz de mover algo importante en su vida con una decisión.
Podía dirigir una empresa entera.
Pero no podía recuperar a la mujer que se había ido para protegerlo.
Y esa contradicción lo golpeó con una fuerza inesperada.
—¿Todo bien? —preguntó el director financiero desde la puerta.
Adrián asintió sin mirarlo.
—Sí.
Era mentira.
No estaba bien.
Porque entendió algo con una claridad devastadora:
el poder que había construido durante años no servía para lo único que realmente importaba ahora.
No podía ordenar que ella volviera.
No podía negociar su regreso.
No podía resolverlo con lógica, estrategia o autoridad.
Solo podía sentir la ausencia.
Y aceptar que, fuera de la oficina, era simplemente un hombre que había perdido algo esencial.
Un hombre que, por primera vez, no tenía poder sobre lo que más deseaba recuperar.