La distancia no empezó cuando Irene dejó la empresa.
Empezó cuando Adrián entendió que no sabía cómo llegar hasta ella sin tener un motivo que no sonara a excusa.
Durante días tuvo el teléfono en la mano más veces de las que estaba dispuesto a admitir. Escribía un mensaje. Lo borraba. Abría su contacto. Cerraba la pantalla.
No quería llamarla como CEO.
No sabía cómo llamarla como hombre.
Y esa diferencia, que antes no existía, ahora se sentía como un abismo.
Irene también sentía la distancia.
Pero no era geográfica. Era mental.
Había cambiado su rutina, sus horarios, incluso el café donde se sentaba a trabajar desde su laptop. Necesitaba que todo fuera nuevo para no caer en la tentación constante de mirar hacia atrás.
Aun así, había momentos —breves, traicioneros— en los que pensaba qué estaría haciendo Adrián en ese preciso instante.
Y eso la desarmaba más de lo que estaba dispuesta a reconocer.
Una tarde, Irene caminaba por una avenida llena de gente cuando pasó frente a un edificio de cristal que reflejaba el cielo gris.
Se detuvo.
No por el edificio.
Por el reflejo.
Le recordó demasiado al ventanal del piso treinta y dos. A las conversaciones sin palabras. A esa forma en que ambos podían quedarse en silencio mirando la ciudad y, aun así, sentirse acompañados.
Sintió un vacío tan repentino que tuvo que respirar hondo para no quedarse allí más tiempo del necesario.
Siguió caminando.
Pero la sensación la acompañó varias cuadras más.
Adrián, desde su despacho, miraba la misma ciudad.
El mismo cielo gris.
El mismo movimiento constante.
Pero ahora el vidrio no reflejaba dos siluetas. Solo la suya.
Y entendió algo que no había querido aceptar antes:
la distancia real no era que ella ya no estuviera allí.
Era que ya no sabía cómo compartir nada de lo que veía sin ella.
Esa noche, Adrián abrió su chat con Irene y escribió:
¿Cómo estás?
Lo leyó varias veces.
Demasiado simple.
Demasiado cargado.
Demasiado tarde.
No lo envió.
Irene, a kilómetros de allí, miraba su teléfono sin saber exactamente por qué esperaba una notificación que no llegaba.
Y esa fue la distancia más dolorosa de todas:
dos personas pensando la una en la otra al mismo tiempo…
y ninguna sabiendo cómo dar el primer paso para cruzar el espacio que los separaba.