El dolor no siempre se presenta como algo ruidoso.
A veces es una presencia silenciosa que acompaña cada acción cotidiana sin hacerse notar del todo. No interrumpe. No exige. Solo está ahí, como una sombra persistente que se mueve con uno a lo largo del día.
Irene lo descubrió una mañana cualquiera, mientras intentaba concentrarse en un informe para un cliente nuevo. Llevaba más de veinte minutos leyendo el mismo párrafo sin procesar una sola idea. Las palabras entraban por sus ojos y salían sin dejar rastro.
No era falta de capacidad.
Era falta de espacio mental.
Su cabeza estaba ocupada en otra parte.
En alguien.
Dejó el teclado y apoyó la frente en la palma de la mano, cerrando los ojos con fuerza.
—Esto ya debería doler menos —murmuró para sí.
Pero no dolía menos.
Dolía distinto.
Adrián, en su despacho, vivía una versión paralela del mismo día.
Había logrado mantener el ritmo del trabajo, asistir a reuniones, tomar decisiones, responder correos. Nadie podría señalar una falla visible en su desempeño.
Y, sin embargo, se sentía fuera de eje.
Había aprendido a convivir con la ausencia de Irene en el espacio físico. Lo que no lograba manejar era la ausencia de su pensamiento constante.
Antes, cuando algo le generaba duda, la buscaba con la mirada. No necesitaba hablar. Bastaba con saber que estaba ahí.
Ahora, cuando la duda aparecía, solo encontraba silencio.
Y ese silencio pesaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Esa tarde, Irene pasó frente a un café donde semanas atrás había ido con Adrián después de una reunión externa. Recordó la conversación, la forma en que se habían reído por algo sin importancia, el momento en que, por un instante, olvidaron que eran jefe y empleada.
Se detuvo sin querer.
Miró el interior del local.
Todo estaba igual.
Excepto que ahora ese recuerdo tenía un filo que antes no tenía.
Siguió caminando con un nudo en la garganta.
Porque entendió algo con claridad dolorosa: no extrañaba solo a Adrián.
Extrañaba la versión de sí misma que existía cuando estaba con él.
Esa noche, ambos hicieron lo mismo sin saberlo.
Revisaron fotos antiguas en sus teléfonos.
No fotos juntos. No tenían.
Fotos del trabajo. De reuniones. De espacios donde, casualmente, el otro aparecía al fondo, desenfocado, inadvertido.
Irene se quedó mirando una imagen del piso treinta y dos donde, detrás de un grupo de ejecutivos, se veía a Adrián de perfil, observándola sin que ella lo notara.
Adrián encontró otra donde Irene estaba apoyada en el ventanal, mirando la ciudad, sin saber que él había capturado ese instante.
Ninguno borró la foto.
Ninguno supo por qué la estaba mirando tanto tiempo.
El dolor no estaba en lo que habían perdido.
Estaba en lo que seguía vivo.
En lo que aún se movía por dentro cada vez que pensaban el uno en el otro. En la certeza incómoda de que el vínculo no se había debilitado con la distancia.
Se había vuelto más silencioso.
Más profundo.
Y, por eso mismo, más difícil de ignorar.
Porque lo que aún duele no es lo que se terminó.
Es lo que sigue existiendo… sin un lugar claro donde acomodarse.