La cláusula del odio

Capítulo 62

El intento no nació del impulso.
Nació del cansancio.

Irene se dio cuenta una mañana, mientras miraba el teléfono sobre la mesa sin tocarlo, de que estaba agotada de pensar en Adrián sin hacer nada al respecto. No era tristeza lo que sentía. Era una fatiga emocional que empezaba a volverse insoportable.

Pensar en él se había convertido en una rutina silenciosa. Un hábito involuntario que aparecía al despertar, al caminar por la ciudad, al sentarse a trabajar, al acostarse por la noche.

Y entendió algo con una claridad incómoda:
seguir así no era sostener la distancia.
Era alargar el dolor.
Tomó el teléfono.
Lo miró durante varios segundos.
Y escribió.
¿Podemos hablar?
No añadió nada más. No intentó explicar el contexto. No buscó justificar el mensaje.
Lo envió antes de poder arrepentirse.

Adrián estaba en medio de una reunión cuando el teléfono vibró sobre la mesa.

No lo miró de inmediato. Continuó hablando, escuchando, respondiendo preguntas. Pero algo en su interior ya sabía que ese mensaje no era cualquiera.

Cuando finalmente bajó la mirada, el nombre de Irene en la pantalla le provocó una reacción tan inmediata que tuvo que hacer un esfuerzo visible para mantener la compostura.

¿Podemos hablar?
Leyó la frase dos veces.
Tres.
Y por primera vez en semanas, sintió algo que no era peso.
Era alivio.

Pidió un receso sin dar demasiadas explicaciones y salió de la sala con el teléfono en la mano.
Tardó menos de un segundo en responder.

Sí. Cuando quieras.

Irene vio la respuesta casi de inmediato.
Sintió cómo el pecho se le comprimía, pero no por angustia. Era una mezcla extraña de nervios y calma.
Como si algo que llevaba demasiado tiempo detenido empezara finalmente a moverse.

Hoy. Donde sea neutral, escribió.

Adrián entendió el mensaje sin necesidad de más palabras.

No la oficina.
No un espacio cargado de recuerdos.
Un lugar nuevo.

A las 7. Te envío la ubicación.

Durante el resto del día, Irene intentó trabajar, pero la mente volvía una y otra vez a ese encuentro. No sabía qué iban a decirse. No sabía qué esperaba que ocurriera.
Solo sabía que necesitaba verlo.
Escucharlo.

Romper el silencio que los había separado más de lo que estaban dispuestos a aceptar.

Adrián tampoco logró concentrarse del todo.
Las reuniones se sintieron largas. Las conversaciones, automáticas. Todo parecía secundario frente a la idea de que, en pocas horas, estaría sentado frente a Irene sin la mediación de escritorios, cristales, jerarquías o decisiones corporativas.
Solo ellos.
Eso lo inquietaba.
Y, al mismo tiempo, lo tranquilizaba.

Cuando llegó la hora, Irene estaba sentada en una mesa junto a la ventana de un pequeño restaurante discreto, observando la calle sin realmente verla.
Adrián entró unos minutos después.

Se miraron.

No hubo sonrisas amplias. No hubo gestos exagerados.
Solo una pausa compartida en la que ambos entendieron que ese encuentro no era casual.
Era necesario.
Adrián se sentó frente a ella.

—Hola.

Irene sostuvo su mirada.

—Hola.

El intento no estaba en lo que iban a decir.
Estaba en haber decidido, por fin, dejar de evitarse.




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