La cláusula del odio

Capítulo 64

El perdón alivió la tensión.
Pero no cerró la herida.

Irene lo sintió cuando salieron del restaurante y caminaron unos pasos juntos por la acera, sin rumbo claro, como si ninguno quisiera ser el primero en decir que era momento de despedirse.

La noche estaba fresca. Las luces de la ciudad dibujaban reflejos dorados en el pavimento húmedo. La gente pasaba a su lado sin prestarles atención.
Y, aun así, entre ellos, había algo que seguía latiendo con fuerza.
Algo que no se resolvía con un “perdón”.

—Esto no se siente terminado —dijo Irene en voz baja.

Adrián la miró.

—Porque no lo está.

Caminaron unos pasos más en silencio.

—Pensé que hablar hoy iba a cerrar algo —añadió ella—. Pero siento que abrió más cosas.

Adrián asintió lentamente.

—Porque ahora estamos siendo honestos.

Esa era la diferencia.

Antes, el dolor estaba cubierto por decisiones prácticas, por silencios estratégicos, por intentos de hacer lo correcto.

Ahora, el dolor estaba expuesto.
Sin protección.
Sin excusas.

Se detuvieron frente a una esquina donde el semáforo tardaba demasiado en cambiar.
Irene cruzó los brazos, como si intentara contener algo que no sabía cómo expresar.

—Hay algo que todavía me duele —dijo.

Adrián esperó.

—Que, en el momento más difícil, sentí que me quedé sola.

La frase salió con suavidad, pero cargada de verdad.
Adrián sintió el golpe con claridad.

—Nunca quise que fuera así.

—Lo sé —respondió Irene—. Pero así se sintió.

El silencio entre ellos se volvió más profundo.

—Y eso no se va solo porque ahora lo entendamos mejor.

Adrián respiró hondo.

—También hay algo que me duele a mí.

Irene lo miró.

—Que cuando decidiste irte, no me dejaste luchar por nosotros.

Irene bajó la mirada.
Porque sabía que tenía razón.

—Pensé que si te daba esa opción, ibas a elegir quedarte conmigo —murmuró—. Y eso iba a empeorar todo.

Adrián la observó con atención.

—Nunca sabremos qué habría pasado.

Esa incertidumbre era parte de la herida.
No saber.
No haber intentado.
No haber enfrentado juntos lo que terminó separándolos.
El semáforo cambió, pero ninguno se movió de inmediato.
La ciudad seguía su ritmo. Ellos seguían detenidos.

—Esto sigue doliendo —dijo Irene.

—Sí.

—Y no sé cuánto tiempo más va a doler así.

Adrián sostuvo su mirada.

—Tal vez porque nunca cerramos lo que sentimos. Solo lo dejamos en pausa.

Irene sintió un nudo en la garganta.
Porque entendía algo con una claridad incómoda: la herida seguía abierta porque el vínculo seguía vivo.
No se había roto.
Solo había sido interrumpido.
Y eso era, quizá, lo más difícil de sanar.
Porque no sabían si debían intentar cerrarla…
O aceptar que, en realidad, todavía estaban a tiempo de curarla juntos.




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