La noche avanzaba con una lentitud que ninguno intentaba apresurar.
El parque estaba casi vacío. Solo el sonido lejano de autos pasando por la avenida y el roce ocasional del viento moviendo las hojas de los árboles rompían el silencio que los envolvía.
Irene seguía sentada con los codos apoyados en las rodillas, mirando el suelo como si allí pudiera encontrar respuestas que no estaba segura de querer enfrentar.
Adrián, a su lado, entendía que ese momento no pedía soluciones rápidas. Pedía presencia.
Y eso era nuevo para ambos.
Durante semanas, meses incluso, todo entre ellos había estado marcado por decisiones forzadas, contextos apremiantes, presiones externas que los obligaban a reaccionar más que a sentir.
Ahora no había nada de eso.
Solo una pregunta silenciosa flotando entre los dos.
¿Qué hacemos con esto que sigue vivo?
Irene fue la primera en hablar.
—¿Te das cuenta de algo?
Adrián giró la cabeza hacia ella.
—¿Qué cosa?
—Que, aun después de todo lo que pasó, estamos aquí.
No era una frase simple.
Tenía capas.
Porque no hablaba solo del encuentro esa noche. Hablaba del hecho de que, a pesar de la distancia, del orgullo herido, de la renuncia, de la culpa y del dolor, ninguno había logrado realmente soltar al otro.
Adrián asintió lentamente.
—Sí.
Irene levantó la mirada y esta vez la sostuvo en la suya.
—Eso no es casual.
El aire se volvió más denso, pero no pesado.
Más consciente.
—La última vez que tomamos una decisión importante —continuó Irene—, la tomamos desde el miedo.
Adrián sabía exactamente a qué se refería.
La ruptura. La renuncia. La distancia.
Todo había nacido del intento desesperado de proteger algo que creían frágil.
—Y nos salió mal —dijo él con honestidad.
Irene asintió.
—Porque no elegimos lo que queríamos. Elegimos lo que creíamos que era menos dañino.
La frase quedó suspendida entre ellos.
Adrián respiró hondo.
—Entonces… ¿qué estás diciendo?
Irene tardó unos segundos en responder.
No porque dudara, sino porque sabía que lo que iba a decir cambiaba el rumbo de todo.
—Que tal vez sea momento de volver a elegir.
Adrián la miró con atención plena.
—Pero esta vez sin miedo.
El silencio que siguió no fue incómodo.
Fue el tipo de silencio que aparece cuando una verdad importante acaba de ser dicha y necesita espacio para asentarse.
Adrián apoyó la espalda en la banca y miró hacia el frente, procesando sus palabras.
—La primera vez —dijo lentamente—, nunca tuvimos realmente la oportunidad de elegir esto.
Irene negó suavemente.
—Todo estaba condicionado por la oficina, por la empresa, por el entorno.
—Por lo que estaba en juego.
Irene lo miró.
—Ahora no hay nada de eso.
Y esa era la diferencia.
Ahora no había jerarquías.
No había rumores.
No había miradas externas influyendo en lo que sentían.
Solo ellos.
Y la posibilidad real de decidir qué hacer con eso.
—¿Y si volvemos a equivocarnos? —preguntó Adrián en voz baja.
Irene sonrió apenas.
—Nos equivocaremos por razones honestas, no por miedo.
La respuesta no era perfecta. Pero era verdadera.
Adrián sostuvo su mirada durante varios segundos.
—No quiero volver a perderte por intentar hacer lo correcto.
Irene sintió un nudo en el pecho.
—Entonces no intentemos hacer lo correcto —dijo—. Intentemos hacer lo que sentimos.
Esa frase cambió el aire entre ellos.
Porque ya no hablaban de pasado.
Hablaban de futuro.
Adrián acercó un poco más su cuerpo hacia ella, sin tocarla todavía, respetando ese espacio que se había vuelto sagrado.
—Si volvemos a elegirnos —dijo—, tiene que ser diferente.
Irene asintió.
—Sin esconderlo. Sin huir. Sin sacrificarnos por cosas que no nos pertenecen.
Adrián la miró con una mezcla de determinación y calma.
—Esta vez, porque queremos.
Irene sostuvo su mirada.
—No porque debamos.
Y, en ese instante, ambos entendieron que la decisión que estaban tomando no era impulsiva.
Era consciente.
Profunda.
Madurada por el dolor que habían atravesado.
La noche seguía avanzando a su alrededor, indiferente a lo que estaba ocurriendo en esa banca de parque.
Pero para ellos, ese momento marcaba algo fundamental.
No estaban regresando al punto donde todo comenzó.
Estaban empezando desde un lugar nuevo.
Un lugar donde el amor ya no era una consecuencia del entorno.
Era una elección libre.
Y eso, por primera vez, les daba una paz que nunca habían sentido antes.