No fue Irene quien habló primero.
Fue Adrián.
Y lo hizo con una calma que no tenía nada que ver con el hombre que meses atrás firmaba decisiones millonarias sin titubear. Esta vez, la seriedad en su rostro no venía del poder. Venía de la conciencia.
—Si vamos a volver a elegirnos —dijo, mirando el suelo unos segundos antes de alzar la vista hacia ella—, necesitamos hacer algo que nunca hicimos.
Irene lo observó con atención.
—¿Qué cosa?
Adrián esbozó una sonrisa leve, casi nostálgica.
—Poner reglas.
Irene soltó una risa suave.
—Eso suena demasiado a nosotros.
—Suena a que aprendimos algo.
El aire entre ellos se volvió más liviano. No porque el momento fuera menos importante, sino porque por primera vez estaban hablando del futuro sin que el pasado pesara tanto.
—La primera vez —continuó Adrián—, todo pasó sin estructura. Sin límites claros. Sin acuerdos. Dejamos que el contexto decidiera por nosotros.
Irene asintió.
—Y cuando el contexto se volvió en contra, no supimos sostener lo que sentíamos.
Adrián sostuvo su mirada.
—Entonces, esta vez, lo hacemos distinto.
Irene inclinó la cabeza, interesada.
—¿Cómo?
Adrián respiró hondo.
—Como si fuera un contrato.
Irene arqueó una ceja.
—¿Un contrato?
—Sí. Pero no uno legal. Uno emocional.
La palabra quedó suspendida entre ellos.
Irene sintió que algo dentro de su pecho se acomodaba.
Porque entendía exactamente lo que quería decir.
—Un acuerdo donde ninguno de los dos se sacrifique por miedo —dijo Adrián—. Donde no decidamos solos por el otro. Donde no intentemos protegernos escondiéndonos.
Irene lo miró con una mezcla de sorpresa y comprensión.
—Donde si algo se complica, lo enfrentemos juntos —añadió ella.
Adrián asintió.
—Y donde la prioridad no sea lo que otros piensan, sino lo que nosotros sabemos que es real.
El silencio se volvió cálido.
Irene apoyó la espalda en la banca, mirándolo con una atención nueva.
—Eso implica algo muy importante.
Adrián esperó.
—Que esta vez no hay excusas para huir.
La frase no tenía dramatismo. Tenía verdad.
Adrián sostuvo su mirada con firmeza.
—Exacto.
Irene respiró hondo.
—Entonces pongamos las cláusulas.
Adrián sonrió.
—Primera cláusula.
Irene lo miró, expectante.
—No tomar decisiones importantes sin hablarlas primero.
Irene asintió.
—Segunda: no alejarnos para “proteger” al otro sin preguntarle si quiere ser protegido.
Adrián soltó una risa leve.
—Tercera: si algo duele, se dice. No se guarda.
Irene añadió:
—Cuarta: no permitir que el orgullo tenga más peso que lo que sentimos.
Adrián la miró con una expresión suave.
—Y la última.
Irene sostuvo su mirada.
—Elegirnos. Incluso cuando sea incómodo.
El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores.
No era un silencio cargado de tensión.
Era un silencio lleno de sentido.
—Este es el contrato que debimos firmar desde el principio —murmuró Irene.
Adrián negó suavemente.
—No. Este es el contrato que solo podíamos escribir después de todo lo que pasó.
Irene entendió.
Porque ese acuerdo no nacía de la ilusión.
Nacía de la experiencia.
Del dolor.
De la pérdida.
De lo que aprendieron cuando intentaron separarse.
Adrián extendió la mano hacia ella, no para tomarla con urgencia, sino con una calma consciente.
Irene la miró un segundo y luego apoyó su mano sobre la de él.
No fue un gesto impulsivo.
Fue una firma silenciosa.
Porque ambos sabían que ese momento no era romántico en el sentido tradicional.
Era profundo.
Era el punto exacto donde dejaban de reaccionar al pasado… y empezaban a construir algo nuevo desde la decisión.
Ese era el contrato final.
No el que los unía por obligación.
Sino el que los unía porque, después de todo, habían decidido volver a elegirse.