La palabra apareció sola en la mente de Irene mientras caminaba de regreso a su casa después de despedirse de Adrián.
Riesgo.
No como una amenaza.
Como una verdad.
Hablar, perdonarse, reconocer lo que sentían y hasta “firmar” ese contrato emocional en una banca de parque había sido profundamente honesto… pero también abría la puerta a algo que ninguno podía ignorar.
Volver a elegirse implicaba volver a exponerse.
Y esta vez, sin excusas.
Esa noche, Irene no logró dormir con facilidad.
Se recostó mirando el techo, repasando cada palabra que habían dicho. No buscaba dudas. Buscaba entender por qué, a pesar de la paz que había sentido al hablar con Adrián, ahora sentía un ligero temblor interno.
No era miedo a él.
Era miedo a lo que significaba volver a intentarlo.
Porque ya no podían culpar al entorno si algo salía mal.
Esta vez, si se rompía, sería por ellos.
Y eso la dejaba completamente vulnerable.
Adrián, en su apartamento, caminaba de un lado a otro con el teléfono en la mano sin darse cuenta. No pensaba llamar. Solo necesitaba moverse.
Había pasado años tomando decisiones calculadas, evaluando riesgos con precisión casi matemática.
Pero esto no tenía números.
No tenía gráficos.
No tenía proyecciones.
Solo tenía una verdad simple y aterradora:
quería volver a estar con Irene.
Y eso implicaba arriesgar algo que no sabía cómo medir.
A la mañana siguiente, Irene se despertó con una claridad nueva.
No se trataba de si quería intentarlo.
Eso ya estaba decidido.
Se trataba de aceptar que intentarlo significaba caminar sin red de seguridad.
Se preparó café y se sentó frente a la ventana con la taza caliente entre las manos.
Pensó en todo lo que habían vivido. En cómo el amor entre ellos no había nacido en un espacio fácil. En cómo había sobrevivido incluso a la distancia.
Y entendió que, precisamente por eso, valía la pena el riesgo.
Porque no era algo frágil.
Era algo probado.
Adrián, en su oficina, miraba el escritorio vacío que había pertenecido a Irene.
Por primera vez desde que ella se fue, no sintió tristeza al verlo.
Sintió determinación.
Porque entendió algo con una claridad distinta:
el verdadero riesgo no era volver a intentarlo con ella.
El verdadero riesgo había sido dejarla ir.
Cuando Irene recibió el mensaje de Adrián al mediodía, no sonrió.
Respiró hondo.
¿Café esta tarde?
Nada más.
Sin declaraciones grandes. Sin dramatismo.
Solo un paso pequeño.
Irene miró el mensaje varios segundos antes de responder.
Sí.
Y mientras dejaba el teléfono sobre la mesa, sintió que algo dentro de ella se acomodaba.
Porque había aceptado, finalmente, que amar a Adrián no era lo que la ponía en riesgo.
Lo que la ponía en riesgo era no intentarlo.