El café no tenía nada de especial.
Una mesa pequeña junto a la ventana, el murmullo constante de conversaciones ajenas, el sonido de la máquina de espresso trabajando sin descanso. Un lugar común, casi anónimo, donde nadie los conocía y donde, por primera vez en mucho tiempo, podían sentarse frente a frente sin sentir que estaban siendo observados.
Irene llegó primero.
No porque quisiera adelantarse, sino porque necesitaba esos minutos sola para ordenar lo que sentía. Miraba la puerta cada vez que se abría, no con ansiedad, sino con una expectativa serena que la sorprendía a ella misma.
Cuando Adrián entró, no hubo tensión.
Hubo reconocimiento.
Se miraron y, por un segundo largo y silencioso, ambos entendieron que estaban allí no por necesidad, no por culpa, no por resolver algo pendiente.
Estaban allí porque querían estar.
—Hola —dijo Adrián, sentándose frente a ella.
—Hola.
Pidieron café casi por costumbre. No necesitaban el ritual, pero lo agradecieron. Les daba unos segundos más para acomodarse al momento sin tener que llenarlo de palabras apresuradas.
El silencio entre ellos ya no era incómodo.
Era natural.
Irene apoyó las manos alrededor de la taza caliente y lo observó con una atención tranquila.
—He estado pensando en algo desde anoche —dijo.
Adrián la miró, atento.
—En el contrato que “firmamos”.
Él sonrió levemente.
—Yo también.
Irene respiró hondo.
—Y me di cuenta de algo.
—¿Qué cosa?
Irene sostuvo su mirada con una honestidad que ya no tenía miedo de mostrarse.
—Que el problema de la primera vez fue que intentamos ponerle demasiadas cláusulas a algo que no las necesitaba.
Adrián inclinó la cabeza.
—Explícate.
Irene pensó unos segundos antes de hablar.
—Intentamos regular lo que sentíamos. Medirlo. Controlarlo. Encajarlo dentro de un contexto que lo hiciera aceptable.
Adrián asintió lentamente.
—Y cuando ese contexto desapareció, sentimos que lo nuestro también tenía que desaparecer.
El silencio que siguió fue profundo.
Porque esa frase tocaba exactamente el punto que nunca habían sabido expresar.
—Pero ahora no hay nada que justificar —añadió Irene—. No hay oficina, ni jerarquías, ni rumores, ni nada externo que nos obligue a explicar por qué estamos aquí.
Adrián la miraba con atención absoluta.
—Entonces… —dijo él.
Irene sonrió apenas.
—Entonces tal vez esto no necesita cláusulas.
La frase quedó suspendida en el aire.
Adrián apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—¿Amor sin condiciones?
Irene negó suavemente.
—Amor sin reglas impuestas por el miedo.
Esa diferencia lo cambió todo.
Se quedaron en silencio unos segundos, observándose con una calma nueva.
—La primera vez —dijo Adrián—, tratamos de que el amor encajara en nuestras vidas.
Irene asintió.
—Ahora tenemos que dejar que nuestras vidas encajen alrededor del amor.
No sonaba ingenuo. Sonaba aprendido.
Porque no hablaban desde la ilusión. Hablaban desde la experiencia de haberlo perdido por intentar hacerlo “correcto”.
Adrián extendió la mano sobre la mesa, sin presión.
Irene la miró un segundo antes de colocar la suya encima.
No fue un gesto dramático.
Fue simple.
Y, por eso mismo, profundamente significativo.
—Sin cláusulas —dijo Adrián en voz baja.
Irene sostuvo su mirada.
—Sin miedo.
Y en ese instante, ambos entendieron algo que no habían logrado comprender antes:
el amor no necesitaba condiciones para existir.
Solo necesitaba dos personas dispuestas a dejar de protegerse de él.