No fue el café.
No fue la conversación.
No fue siquiera el momento en que sus manos se encontraron sobre la mesa con una naturalidad que ya no necesitaba explicaciones.
La decisión llegó después.
Cuando salieron del local y comenzaron a caminar juntos por la acera sin un destino claro, como si ninguno tuviera prisa por romper ese nuevo equilibrio que acababan de descubrir.
Irene caminaba con las manos en los bolsillos del abrigo, mirando al frente, pero sintiendo con una intensidad nueva la presencia de Adrián a su lado. No hablaban mucho. No hacía falta.
El silencio ya no era una pausa incómoda.
Era compañía.
Y fue precisamente en esa tranquilidad donde la decisión se formó con claridad.
—¿Sabes qué es lo que más me impresiona? —dijo Irene de pronto.
Adrián giró la cabeza hacia ella.
—¿Qué?
—Que esta vez no siento vértigo.
Adrián frunció apenas el ceño.
—¿Vértigo?
Irene asintió.
—La primera vez, todo era intensidad, urgencia, tensión. Sentía que estábamos al borde de algo que podía romperse en cualquier momento.
Adrián entendió.
—Ahora no se siente así.
Irene lo miró.
—Ahora se siente estable.
La palabra flotó entre ellos.
Estable.
No era una palabra que ninguno hubiera asociado con su historia.
Y, sin embargo, ahí estaba.
Se detuvieron frente a un cruce peatonal mientras el semáforo seguía en rojo. La gente pasaba a su alrededor con prisa, ajena a lo que estaba ocurriendo entre ellos.
Irene respiró hondo.
—No quiero que esto vuelva a ser algo que “vemos cómo fluye”.
Adrián la observó con atención.
—No quiero dejarlo a la deriva.
Él entendió de inmediato lo que estaba diciendo.
—Quieres decidirlo.
Irene sostuvo su mirada.
—Sí.
No había dramatismo. No había duda.
Solo claridad.
—Quiero estar contigo —dijo ella con una calma que no necesitaba elevar la voz.
Adrián sintió cómo esa frase se acomodaba dentro de él con una precisión casi física.
—Yo también quiero estar contigo.
Pero esta vez, esa afirmación no estaba cargada de emoción desbordada.
Estaba cargada de intención.
El semáforo cambió, pero ninguno se movió de inmediato.
Porque entendieron que ese momento era más importante que cruzar la calle.
—Entonces no lo dejemos en palabras bonitas —añadió Irene—. Decidámoslo.
Adrián dio un paso más cerca.
—¿Qué significa eso para ti?
Irene no dudó.
—Significa que esto no es algo que vamos a “ver qué pasa”. Es algo que vamos a construir.
El silencio se volvió profundo.
—Significa que no vamos a huir cuando se complique.
—Ni a escondernos —añadió Adrián.
Irene asintió.
—Significa que estamos juntos porque lo elegimos, no porque las circunstancias nos empujan.
Se miraron largo rato.
Y en ese intercambio silencioso, ambos entendieron que estaban haciendo algo que nunca habían hecho antes:
no estaban reaccionando a lo que sentían.
Estaban tomando una decisión consciente a partir de ello.
Adrián tomó su mano sin prisa.
Irene no la retiró.
—Entonces está decidido —dijo él.
Irene sostuvo su mirada.
—Está decidido.
Y mientras finalmente cruzaban la calle junto al resto de la gente, ambos sabían que lo que acababan de hacer no tenía nada de casual.
Habían dejado de preguntarse si debían estar juntos.
Y habían empezado, por fin, a decidir que querían estarlo.