La cláusula del odio

Capítulo 73

Durante semanas, Irene había sentido que cada paso que daba con Adrián estaba acompañado por una sombra silenciosa.

No una sombra amenazante.
Una sombra constante.
El recuerdo de todo lo que habían vivido antes.
Las discusiones en la oficina.
Las miradas tensas en reuniones.
El peso del apellido Blackstone sobre su historia familiar.
La renuncia.
La ruptura.

Todo eso había estado presente incluso cuando decidieron volver a intentarlo. No como un obstáculo, sino como un eco que aparecía en los silencios, en los gestos, en la forma cuidadosa en que se movían el uno con el otro.

Pero algo empezó a cambiar sin que ninguno lo notara exactamente.
El eco comenzó a apagarse.

Irene lo sintió una tarde cualquiera mientras caminaban por un mercado al aire libre lleno de puestos de frutas, artesanías y música lejana. Adrián se detuvo a comprar dos botellas de agua y ella se quedó observándolo desde unos metros.

De pronto, una imagen cruzó su mente: él de pie detrás del escritorio de la oficina, serio, distante, casi inaccesible.

La comparación fue inmediata.
Ese Adrián se sentía lejano.
No porque lo hubiera olvidado.
Sino porque ya no definía lo que veía frente a ella.
Y esa diferencia la sorprendió.

—¿En qué piensas? —preguntó Adrián al volver.

Irene tomó la botella y sonrió.

—En que ya no te veo como el hombre que firmó la cláusula de Atlas.

Adrián la miró con atención.
Esa frase, meses atrás, habría tenido un peso incómodo.
Ahora no.

—¿Y cómo me ves? —preguntó.

Irene pensó un segundo.

—Como alguien que no está intentando compensar nada.

El silencio que siguió fue suave.

Adrián entendió perfectamente lo que quería decir.
Durante mucho tiempo, había sentido que cada gesto con ella estaba atravesado por la necesidad inconsciente de reparar algo que hizo en el pasado.

Ahora, eso ya no estaba.

Siguieron caminando entre la gente sin hablar demasiado.

Irene se dio cuenta de que ya no analizaba cada palabra que él decía buscando rastros del pasado. Ya no conectaba sus gestos actuales con las decisiones que tomó años atrás.

Lo estaba viendo en el presente.
Y eso la hacía sentirse más ligera.
Adrián también lo notaba.

Antes, cuando miraba a Irene, veía a la hija del hombre que había sido afectado por una decisión suya. Veía la historia que los unía de forma dolorosa.

Ahora veía a Irene.
Solo a Irene.
No como consecuencia de nada.
Sino como elección.

—Creo que el pasado dejó de estar en el centro —dijo Adrián en voz baja.

Irene lo miró.

—Sí.

—Sigue existiendo.

—Pero ya no manda.

La frase quedó suspendida entre ellos con una claridad nueva.
Porque no se trataba de olvidar.
Se trataba de dejar de vivir desde allí.

Caminaron un poco más hasta llegar a una plaza donde varios niños jugaban alrededor de una fuente. Se sentaron en un banco a observar el movimiento.
Irene apoyó la espalda y respiró hondo.

—¿Sabes qué es lo más raro? —dijo.

Adrián la miró.

—Que por primera vez, cuando pienso en nosotros, no me viene a la mente nada de lo que pasó antes.

Él sonrió levemente.

—A mí tampoco.

Y esa coincidencia tenía un peso enorme.
Porque significaba que, sin darse cuenta, habían logrado algo que parecía imposible semanas atrás:
habían soltado el pasado sin negarlo.

Y en ese espacio libre, lo que quedaba entre ellos ya no estaba condicionado por nada que no fuera el presente.
Irene miró a Adrián con una serenidad que no había sentido antes.

—Ya no estamos tratando de reparar algo.

Adrián asintió.

—Estamos empezando algo.

Y por primera vez desde que todo comenzó, ambos entendieron que su historia ya no estaba definida por lo que había sido.

Sino por lo que estaban construyendo ahora.
Porque el pasado seguía ahí.
Pero, finalmente, había dejado de tener el control.




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