La cláusula del odio

Capítulo 74

No fue un momento solemne.
No hubo declaraciones grandes ni silencios cargados de dramatismo.

Fue una tarde común, en un día sin importancia especial, cuando Irene entendió algo con una claridad que la dejó quieta en medio de la acera.

Estaban saliendo de un supermercado pequeño, cada uno con una bolsa en la mano, discutiendo si habían comprado demasiado pan para una sola semana. Adrián decía que no. Irene insistía en que sí.

Era una conversación trivial.
Ridículamente cotidiana.
Y, sin embargo, ahí estaba la revelación.
Esto era elegirse.

No la intensidad de los primeros días.
No la tensión de la oficina.
No la pasión que parecía desafiar todo a su alrededor.
Esto.

Caminar lado a lado hablando de cosas simples, compartiendo espacio sin necesidad de impresionar al otro, sin necesidad de justificar nada.

Solo estando.

Irene lo miró mientras hablaba, gesticulando con la bolsa de compras, defendiendo su punto con una seguridad divertida.
Y pensó:
Lo estoy eligiendo en un día normal.
Adrián notó su mirada.

—¿Qué pasa? —preguntó.

Irene negó con la cabeza, sonriendo.

—Nada. Solo me di cuenta de algo.

—¿Qué cosa?

Irene caminó unos pasos más antes de responder.

—Que antes sentía que lo nuestro existía en momentos extraordinarios.

Adrián la escuchaba con atención.

—Ahora existe en momentos ordinarios.

La frase lo hizo sonreír.
Porque entendía exactamente lo que quería decir.
Se detuvieron en la esquina esperando que cambiara el semáforo.

—La primera vez —dijo Adrián—, parecía que todo entre nosotros ocurría bajo presión. Como si necesitáramos situaciones límite para sentirnos conectados.

Irene asintió.

—Ahora no.

Se miraron con una calma que no necesitaba explicaciones.

—Ahora te elijo cuando no está pasando nada especial —añadió ella.

Adrián sintió cómo esa frase se acomodaba dentro de él con una suavidad inesperada.

—Yo también te elijo así.

Cruzaron la calle junto a otras personas que ni siquiera reparaban en ellos.

Irene notó algo que la hizo sonreír por dentro: nadie los miraba. Nadie sabía quiénes eran. Nadie interpretaba nada.

Y eso le permitía sentir algo nuevo.
Libertad.

—Creo que esto es lo que nunca tuvimos —dijo.

Adrián la miró.

—La posibilidad de elegirnos sin que nada alrededor nos empuje a hacerlo.

Irene asintió.

—Antes parecía que lo nuestro existía a pesar de todo.

—Ahora existe porque queremos.

Llegaron al edificio de Irene y se quedaron un momento frente a la puerta sin entrar.
No había prisa.

—Elegirte así se siente distinto —dijo Adrián.

Irene sostuvo su mirada.

—Se siente más real.

Porque ya no estaban reaccionando al pasado.
Ni tratando de evitar errores.
Ni luchando contra nada externo.
Solo estaban decidiendo, día tras día, que querían compartir esos momentos simples juntos.
Y esa elección, repetida en cosas pequeñas, tenía más fuerza que cualquier declaración intensa que hubieran hecho antes.

Irene apoyó la mano en la manija de la puerta y lo miró una vez más.

—Mañana vamos a volver a elegirnos otra vez —dijo.

Adrián sonrió.

—Y pasado mañana también.

Irene entendió algo con una certeza tranquila:
el amor no se sostenía en grandes gestos.
Se sostenía en esta decisión silenciosa, cotidiana, constante.
Elegirse.
Incluso cuando no había nada extraordinario ocurriendo.




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