Irene no supo exactamente por qué despertó con esa sensación en el pecho.
No era ansiedad.
No era inquietud.
Era una especie de claridad silenciosa que se instaló desde el primer momento en que abrió los ojos.
Se quedó unos segundos mirando el techo, dejando que la luz suave de la mañana entrara por la ventana, y entendió algo sin necesidad de pensarlo demasiado:
había un asunto pendiente que necesitaba cerrar.
No con Adrián.
Con su pasado.
Mientras preparaba café, recordó el sobre de su renuncia. La firma que había puesto con mano firme, convencida de que era la única salida posible.
Recordó el despacho. El silencio de Adrián. La forma en que había salido del piso treinta y dos sintiendo que algo dentro de ella se rompía, aunque por fuera caminara con la misma seguridad de siempre.
Ese día había firmado para alejarse.
Hoy sentía que necesitaba firmar para liberarse.
Tomó el teléfono y escribió un mensaje breve.
¿Puedes acompañarme hoy a la oficina?
Adrián respondió casi de inmediato.
Claro. ¿Todo bien?
Irene miró la pantalla unos segundos antes de contestar.
Sí. Solo necesito cerrar algo.
Cuando llegaron al edificio, Irene sintió el peso del lugar de una forma distinta a como lo había sentido la última vez.
Antes, cada paso por ese lobby había estado cargado de recuerdos tensos, de miradas incómodas, de decisiones difíciles.
Ahora, caminaba con una calma nueva.
No regresaba como empleada.
No regresaba como alguien que huía.
Regresaba como alguien que venía a terminar un capítulo.
Adrián caminaba a su lado en silencio, respetando el espacio que Irene necesitaba.
El ascensor subió con una lentitud que parecía simbólica.
Piso treinta y dos.
Las puertas se abrieron.
Y, por primera vez desde que se fue, Irene no sintió un nudo en el estómago.
Sintió claridad.
Marcos fue el primero en verla.
—Irene… —dijo, sorprendido.
Ella sonrió con suavidad.
—Hola.
No hubo incomodidad. No hubo tensión. Solo una sensación extraña de tiempo que había pasado.
Caminó hasta el despacho de Adrián, pero no entró.
Se quedó de pie frente a la puerta de cristal, observando el lugar donde todo había empezado a cambiar.
—¿Estás segura? —preguntó Adrián en voz baja.
Irene asintió.
—Sí.
Entraron.
Irene se acercó al escritorio y dejó un sobre sobre la superficie.
No era su renuncia.
Era una carta breve que había escrito esa mañana.
—¿Qué es? —preguntó Adrián.
Irene respiró hondo.
—La última firma.
Adrián no entendió de inmediato.
Irene apoyó las manos sobre el escritorio y miró el lugar con una serenidad nueva.
—Aquí firmé desde el miedo.
Levantó la vista hacia él.
—Hoy firmo desde la paz.
Abrió el sobre y sacó la hoja.
Era una carta dirigida al consejo, no para pedir volver, no para reclamar nada, sino para cerrar formalmente su salida desde un lugar distinto.
Sin resentimiento.
Sin tensión.
Sin huida.
Solo cierre.
Adrián la observaba en silencio.
Irene tomó el bolígrafo que había sobre el escritorio.
El mismo tipo de bolígrafo que había usado el día que renunció.
Y firmó.
Esta vez, su pulso no estaba firme por obligación.
Estaba firme por decisión.
Cuando dejó el bolígrafo, sintió algo que no había sentido en meses.
Ligereza.
Miró a Adrián.
—Ahora sí.
Él la miró con atención.
—¿Ahora sí qué?
Irene sonrió.
—Ahora no hay nada que me ate a este lugar desde el dolor.
El pasado quedaba oficialmente donde pertenecía.
Cerrado.
Firmado.
Liberado.
Y por primera vez, Irene entendió que no necesitaba volver a la empresa para sanar lo que allí había ocurrido.
Solo necesitaba firmar, simbólicamente, el final correcto.