La cláusula del odio

Capítulo 76

Salir del edificio no se sintió como una despedida.
Se sintió como aire.

Irene bajó los escalones del lobby con una ligereza que no recordaba haber sentido antes. No porque el lugar ya no significara nada, sino porque, por primera vez, lo que significaba ya no pesaba.

Adrián caminaba a su lado sin hablar. Entendía que ese silencio no era vacío. Era espacio.

Espacio para que algo nuevo empezara a acomodarse dentro de ella.

Al cruzar la puerta giratoria, Irene se detuvo un segundo y miró hacia atrás.
No con nostalgia.
Con cierre.

El edificio seguía ahí, imponente, brillante, lleno de decisiones, recuerdos y fragmentos de una historia que había marcado su vida de una forma profunda.
Pero ya no tenía poder sobre ella.
Giró la cabeza y siguió caminando.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Adrián suavemente.

Irene pensó unos segundos antes de responder.

—Como si acabara de dejar una maleta que llevaba demasiado tiempo cargando sin darme cuenta.

Adrián asintió.

—Eso se nota.

Irene lo miró con una sonrisa tranquila.

—¿Tanto?

—Mucho.

Caminaron sin rumbo fijo por la acera, dejando que el sol del mediodía calentara el ambiente con una suavidad agradable. La ciudad seguía su ritmo, indiferente a lo que para ellos era un momento importante.
Y eso hacía que todo se sintiera más real.
Más cotidiano.
Más posible.

—¿Sabes qué es lo más curioso? —dijo Irene mientras caminaban.

Adrián la miró.

—Que durante meses sentí que mi vida estaba detenida en ese piso.

Hizo un gesto leve con la mano, señalando hacia el edificio que ya quedaba atrás.

—Y ahora siento que acaba de empezar a moverse.

Adrián sonrió.

—Porque ya no estás reaccionando a lo que pasó.

Irene asintió.

—Ahora estoy eligiendo lo que viene.

La frase no tenía dramatismo.
Tenía dirección.

Se sentaron en una terraza pequeña de un café cercano. No porque lo necesitaran, sino porque querían prolongar esa sensación de calma que los acompañaba desde que salieron.

Irene apoyó los brazos sobre la mesa y miró a Adrián con una expresión que él no había visto antes.
No era intensidad.
Era serenidad.

—Esto se siente distinto —dijo ella.

Adrián inclinó la cabeza.

—¿Distinto cómo?

Irene pensó un segundo.

—Como si todo lo anterior hubiera sido la parte difícil que nos trajo hasta aquí.

Adrián entendió.

—Y esto es la parte que podemos construir sin esa carga.

Irene sonrió.

—Exacto.

No hablaron de planes grandes.
No hablaron de futuro lejano.
Hablaron de cosas simples: de un viaje corto que Irene quería hacer, de un restaurante nuevo que Adrián había visto, de una película que querían ver.

Y, mientras hablaban, ambos entendieron algo importante sin necesidad de decirlo:
esto no era una continuación de lo que habían tenido.
Era un comienzo completamente nuevo.

Cuando se levantaron para irse, Irene tomó la mano de Adrián sin pensarlo.

Él la sostuvo con naturalidad.
No como un gesto simbólico.
Como algo que simplemente tenía sentido.

Y mientras caminaban por la calle, mezclados con el resto de la gente, Irene sintió una certeza que no había tenido antes:
por primera vez, su historia con Adrián no estaba definida por lo que había pasado.
Sino por lo que estaban empezando.




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