La cláusula del odio

Capítulo 79

Irene no recordaba la última vez que se había sentido tan ligera caminando por la ciudad sin un destino urgente.

Salió temprano del apartamento con una mochila pequeña al hombro y la sensación clara de que el día no tenía exigencias. No había reuniones. No había compromisos. No había nada que demostrar.
Solo tiempo.

Y, por primera vez en mucho tiempo, ese tiempo no estaba ocupado por pensamientos pendientes, recuerdos pesados o decisiones difíciles.

Estaba disponible.

Adrián caminaba a su lado con la misma calma. Sin teléfono en la mano. Sin esa atención dividida que antes parecía acompañarlo a todas partes. Iba observando los edificios, la gente, los detalles pequeños que normalmente pasaban desapercibidos.

—¿Te das cuenta de algo? —preguntó Irene.

Adrián la miró.

—¿Qué?

—Que ninguno de los dos está apurado.

Adrián sonrió.

—Es raro, ¿verdad?

Irene asintió.

—Antes siempre sentía que corríamos hacia algo o que escapábamos de algo.

Miró hacia el frente.

—Ahora no siento ninguna de las dos cosas.

Llegaron a un parque amplio donde la gente caminaba, leía en el césped, paseaba perros o simplemente se sentaba a no hacer nada. Irene eligió un lugar bajo la sombra de un árbol y se sentó en el pasto sin preocuparse por la formalidad.

Adrián hizo lo mismo.

Se quedaron en silencio, observando a los niños correr cerca de una fuente.
Irene respiró hondo.

—Esto se siente… libre.

Adrián apoyó los brazos hacia atrás, mirando el cielo.

—Porque ya no estamos reaccionando a nada.

Irene giró la cabeza hacia él.

—Exacto.

Durante mucho tiempo, su historia había estado marcada por la reacción.

Reaccionar al pasado.
Reaccionar al entorno.
Reaccionar al miedo.
Reaccionar al dolor.

Todo había sido una respuesta a algo externo.
Ahora, en cambio, estaban simplemente viviendo.

Sin urgencia.
Sin presión.
Sin necesidad de justificar lo que sentían.

Irene arrancó una pequeña hoja del césped y la giró entre sus dedos.

—Creo que por fin estamos juntos desde la libertad.

Adrián la miró con atención.

—No desde la necesidad.

Irene asintió.

—Ni desde la culpa.

El silencio que siguió fue cómodo.
Porque ambos sabían que esa libertad no era solo externa.
Era interna.

—¿Sabes qué es lo más curioso? —dijo Adrián.

Irene lo miró.

—Que ahora siento que podría estar contigo o podría estar solo… y estaría bien de cualquier forma.

Irene sonrió.

—Yo también.

Hizo una pausa.

—Y aun así, elijo estar contigo.

Adrián sostuvo su mirada.

—Eso es libertad.

Porque no estaban juntos por dependencia.
Estaban juntos por decisión.

Se quedaron un rato más en el pasto, sin hablar demasiado, dejando que el tiempo pasara sin intentar llenarlo.

Irene se dio cuenta de que ya no sentía que su historia con Adrián la definiera.
La acompañaba.
Y esa diferencia era enorme.

Cuando finalmente se levantaron para irse, Irene sintió una certeza suave y profunda:
amar a Adrián ya no la hacía sentir atrapada en una historia complicada.

La hacía sentir libre de elegir su presente.
Y esa libertad era, quizá, la forma más honesta de amor que habían logrado construir.




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