La Clave de Rose (colección: Cde #3)

Capítulo XXXIV

Me voy con Cristian a su casa, sintiéndome más tranquila a cómo llegué, solo que…

──¿Rosie?

Para mi mala suerte, Mario ya se encontraba aquí.

──Hola, Mario Bros…

Él se acerca rápidamente, tomando mi rostro.

──¿Quién te golpeó de esa manera? ──Su tono serio me hace tragar saliva.

──Me caí ──musito.

──Sí, cómo no ──gruñe mi amigo──. ¿Quién fue? Quiero que me lo digas ahora.

Vaya, parece capaz de todo. Me siento tentada a decirle el nombre de César para que lo haga, solo que soy demasiado buena como para aprobar ese tipo de violencia.

Odio la violencia.

──Mario, cálmate. La vas a asustar si te pones así ──pide Cristian con seriedad.

──Cállate, López. Es inaceptable que le hayan puesto un dedo encima…

──No ──gruñe, ya molesto. Por un momento no sé quién da más miedo──. Si te pondrás así, de mi casa no vas a salir. ¿Me estás entendiendo?

Mario lo ignora y me mira de nuevo.

──Quiero que lo digas ahora, Rose. Voy a destrozar a esa persona.

Dios.

──Te juro que me caí, Mario. No tienes por qué…

En eso sale May del baño de la sala.

──¿Rose? ¿Qué te ocurrió?

De pronto me siento tan observada, que me encojo.

──Paren, por favor ──suplico──. Dejen de verme así.

Al verme tan cohibida, todos me dejaron estar y yo pude volver a relajarme, porque estar bajo la mirada de todos me incomoda demasiado. Siento que pueden ver cada una de mis mentiras y aquello no es agradable.

Tomo a Lucía y me siento con ella en la silla mecedora, quedándome un rato con ella en un claro intento de relajarme. Como los demás están en lo suyo, aprovecho para cantar lo más bajito que puedo.

Lucía me mira con claro interés. Parece gustarle que le cante, porque comienza a sonreír y aquello fue la calma que necesitaba.

Escucho a los demás hablando de la boda, donde May nos cuenta que esta vez sí está decidido: que será el diez de octubre.

Es gracioso escucharla decirlo, porque ya lo he oído tantas veces: «esta vez sí», que ahora es como escucharla decir: «esta vez sí en serio, de verdad, super real, lo juro que sí».

Mario se arrodilla a mi lado y dejo de mecerme para verlo, Lucía se había quedado dormida en mi pecho. Rebeca, al verla, se la lleva para recostarla.

──¿Te duele? ──pregunta Mario una vez Rebeca se aleja.

¿Por qué siento que… no habla del golpe?

Aprieto los labios cuando siento mis ojos arder.

──Sí ──admito──. Me duele mucho.

Él asiente y se acerca, besando mi golpe con pura suavidad. Jamás había besado mi frente con tanto cariño y ternura.

──Déjame llevar ese dolor yo, ¿te parece?

Sonrío ante eso, sintiendo su clara referencia a cuando lo hice con él.

──¿Cómo piensas hacerlo?

──Pues… que lo dejes salir conmigo. ──Antes de que pueda negarme, me interrumpe──. No me refiero a hablar, solo… deja salir un poco de esa presión que tanto te está dañando.

Toma mi mano con fuerza, juntando los tatuajes.

Se reacomoda, tapándome de la vista de todos y lo agradezco. Porque me permito ceder. Cierro los ojos, él no dice nada cuando las lágrimas salen de forma silenciosa.

***

Han pasado varios días desde la última vez que hablé con Rafael y no ha contestado ninguno de mis mensajes.

Esto me confunde terriblemente, porque siento que he hecho algo mal y no sé si estoy siendo una molestia o siquiera que él estuviera bien. Solo quiero saber si lo está para así poder respirar con normalidad.

Es extraño que, cuando me acerco de nuevo a mis amigos, él se aparta. Y cuando me aparto de todos ellos, lo vuelvo a ver. Es frustrante no poder estar tranquila con todo ellos.

Dejo caer mi frente sobre la mesa.

──¿Te estoy presionando demasiado? ──escucho a Rebeca preguntar──. Si es así, podemos hacer una pausa.

No entiendo por qué debo ver integrales, ¿qué haré con eso en la vida diaria?

No me imagino comprando pan y el panadero diciéndome que, para poder llevarme el pan, debes resolver el siguiente ejercicio: siendo la X igual a 0…

¡Bah! Ni siquiera sé cómo describir un ejercicio.

──Creo que será lo mejor ──murmuro──. No proceso nada.

──¿Quieres leche?

Me siento como una niña mimada.

──Por favor ──acepto sin pena.

Me quedo en el comedor mientras ella se levanta hacia la cocina, no soy capaz de incorporarme ni mucho menos moverme.

Los niños están dormidos, muy a pesar de Rebeca, que dice que debe despertarlos cuando llegue Cristian, de lo contrario no querrán dormir hasta altas horas de la madrugada. No puedo imaginarme tal desastre.




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