"Y el toro se cayó"...
Ese momento de adrenalina cuando tomas al toro por la cola y tus acompañantes te dan cinco minutos para derribarlo. Si en esos minutos no logras domarlo te retiras. Pero el ambiente se encuentra tenso entre los espectadores y tu familia que te anima desde la talanquera.
El narrador ferozmente pronuncia tu nombre y solo te queda tomar fuerzas respirando hondo sobre tu caballo que es quien te lleva al triunfo si ambos se conectan en una sola tarea: Derribar ese animal y llevarnos la copa.
Cristóbal Alarcón: Considerado entre los mejores coleadores de Venezuela buscaba llevarse la copa de esa noche de Toros Coleados en Apure.
Un joven muchacho que desde niño se había enamorado de los caballos y con alpargatas bailaba el rico sabor del llano. Su última noche antes del descanso luego de una gira nacional.
Antes de este momento lleno de tensión en la Manga de Coleo, un día antes, montaba sobre su caballo en los verdes pastizales de la finca de su familia.
Su abuelo y también bisabuelo fueron íconos en su tierra llegando a una posición memorable entre sus conocidos. Y eso Cristóbal lo tenía desde hace tiempo que se había ganado el respeto de sus conocidos y también la fama entre las mujeres del pueblo apureño.
Cristóbal tenía planes muchos más grandes que sus antepasados; él quería ganar el torneo nacional que se llevaría a cabo en Barquisimeto en los siguientes años.
Desmontó cerca de un río donde se lavó la cara y se dispuso a descansar por el resto de la tarde hasta la noche que tendría el torneo.
Las horas bajo el árbol de mangos que en ese momento no llevaba frutos, era su parte favorita antes de la noche. Pues descansaba del ajetreo de su familia que preparaba todo antes del torneo.
Los trabajadores de la finca preparaban a Rayo, que era su caballo, hijo del mismo, que su padre tuvo alguna vez. Él también era coleador, tristemente murió antes que lograra algo serio. Su madre estaba joven en ese momento, cuando el toro se llevó a su padre y lo arrastró sin piedad por el barro.
Ella no es que ahora estuviera contenta con el que su único hijo tuviera llevando el mismo deporte que provocó la muerte de su esposo, pero era su madre y con su bendición lo protegía en cada encuentro con su destino en la manga.
El galope de un caballo se acercaba desde su izquierda, era su primo Angel que llegaba montando hasta su estancia.
—No entiendo cómo puedes andar descansando antes de tu última noche.
—Lo dices como si fuera morir. No seas pendejo, tú.
Angel desmontó del caballo y se acercó hasta la sombra del árbol luego de amarrar el suyo a un lado de Rayo.
—¿Morirte? Nah, hombre. Primero te mata mi tía a chancletazos por no aparecer a almorzar esta tarde.
Cristóbal, rió.
—Le dije que no tengo hambre. Ya sabe que no puedo comer demasiado antes de colear. Vomitar desde el caballo mientras doy vueltas no es de mis mejores recuerdos.
Angel miró al río, y tiró una piedra que rebotó dos veces antes de sumergirse.
—Ya sabés cómo son las mamás. Pero es mejor no llevarles mucho la contra. Tía dice que cuando tengas mujer, no te va a cocinar como ella.
A eso, Cristóbal agregó con complicidad:
—No me preocupa eso. Sé que le enseñará como hacer un buen pabellón criollo y esas arepas pelás, con natilla, así sabrosa.
Su primo meneaba la cabeza con negación a la vez que sonreía.
—¿Qué tal si te toca con una de esas fresitas, que solo saben pedir plata, pa' pintarse el pelo o las uñas? No mijo, Dios me ampare.
—¿Una fresita? Uy, yo sí le enseñaría a cómo darle vueltas al molino pa' las arepas. También a buscar el maíz y hacerme to' lo que le diga. El cabello y las uñas no son gratis, primo. Si vos le hablás claro desde la primera vez, bueno, la muchacha debe saber en lo que mete.
Angel pensó, en lo desafortunada que sería la mujer de su primo, Cristóbal. Y eso que muchas andaban detrás de él. Las mujeres se morían por un coleador, mucho más si era adinerado.
—Ya llevás como casi treinta años encima. Na'guara, tas' como para empezar a formar una familia.
—¿Y perderme lo bello de la soltería a esta edad? —Cristóbal frunció los labios—. No gracias, paso. Hey, ¿cómo te ha ido con la Wilmar?
Angel lamentó esta conversación.
—Bueh, hace una semana que nos dejamos. Pero estoy saliendo con la hija del viejo Alfredo.
—¿La de los mamones? ¡Muchacho, no me habías dicho!
—No empieces con tus nombres, Cristóbal —le advierte con los dientes apretados.
Cristóbal soltó una carcajada.
—¿No te acuerdas cuando en la escuela vendía mamones? Esa nunca me fió siquiera uno solo.
—¿Y qué te iba a estar fiando? Todo lo querías pagar con besos.
Cristóbal se infló con el ego sobre las nubes del que su primo conocía muy bien.
—Yo... ya sabés, que las muchachas me querían.
—Menos ella... —manifiesta con orgullo.
—Sí... —asintió sin quitar esa sonrisa hostigante—. Menos la mamonera.
Angel se puso colorado y Cristóbal tuvo que levantarse de prisa y montar el caballo. En ese momento comenzaron una carrera hasta los establos.
Compañeros desde pequeños y ahora en la adultez como hermanos. Siempre juntos en cada proceso en sus vidas.
Cristóbal le había dado chance a Angel, pero al estar un poco lejos corrió sobre el caballo hasta pasarle por un lado como un rayo.
Dejando el caballo en los establos se dirigió hasta la sala de estar donde su familia charlaba sobre esta noche. Lo que prefirió evitar e irse a una hamaca en uno de los tinglados.
Escuchó unas pisadas que conocía muy bien. Se hizo el dormido, pero le era imposible ocultar esa sonrisa que delataba el teatro.
—Menos mal te dedicaste a coleador y no a actor, muchacho. ¿Tú no piensas comer, Cristóbal Alarcón? Necesitas fuerzas para esta noche. Sino, olvídate de que vas a colear...
—Ma', soy adulto... ¿Ya te diste cuenta de que puedo tomar mis decisiones?