Se escuchaba el ruido de un ventilador, junto con los animales nocturnos. Eran aproximadamente la cinco de la mañana, los gallos a este momento comenzaban a anunciar el pronto amanecer.
El chirrido de la puerta y pasos que iban despacio para no despertar, risitas de complicidad, una familia unida.
—Mi niño...
Abrió los ojos.
—¿Qué están...? Ay, no.
—Cumpleaños, feliz... —su madre Milagros, Angel, Claudia, el abuelo Juan, la abuela Josefa, cantaban al joven que cumplía treinta años, con una torta en sus brazos—. Te deseamos a ti... Cumpleaños, cumpleaños, cumpleaños... feliz.
Ver las sonrisas de sus parientes por el simple hecho de estar cumpliendo año, lo era todo aunque no lo dijera. Sabía que algo tramaban cuando fue a dormir horas atrás. Por eso Claudia se había quedado esta noche en la hacienda y la abuela no había dejado pasar a nadie a la cocina.
Seguro que ella y su madre habían estado preparando esta sorpresa.
—Debes pedir un deseo antes de apagar la vela —animó Claudia con la grabadora en el teléfono inmortalizado el momento.
—No soy un niño.
—En eso tiene razón —concordó Angel—. Ahora es un burro viejo con treinta años encima. Si en esta oportunidad no consigue la mula lo damos por perdido.
Claudia se dobló de la risa soltando una animada carcajada. La abuela Josefa los reprendió, y tuvieron que hacer silencio.
Milagros, que era la madre del cumpleañero, se acercó con la vela sobre la torta y le rogó que pidiera el deseo.
Él, en este momento, tres años después de aquella ocasión, solo pensó en lo que más anhelaba encontrar.
—Deseo... —lo último lo dijo en su mente, cerrando los ojos y apagando la vela con un soplo.
"Damas y Caballeros en estos momentos nos encontramos aterrizando en el aeropuerto internacional de maiquetía Simón Bolivar. Hora local 5:30 AM Sean bienvenidos a la República Bolivariana de Venezuela".
Habían pasado tres años desde que Mirella tuvo que irse de su país por cuestiones personales. Ahora aterrizaba en su tierra, luego de extrañar tanto a su familia y amigos, que esperaban por ella dentro del aeropuerto.
El encuentro había estado lleno de emociones, tenía tiempo que no lloraba tanto. Pero a diferencia de muchas veces que lo hizo, en esta ocasión era por la felicidad que la embargaba.
En Estados Unidos la vida era mucho más tranquila que en Venezuela, pero extrañaba tanto el calor de su gente que en lo que tuvo oportunidad de regresar lo hizo sin titubear.
Se había traído a su niño de año y medio con ella quien era lo único que la retenía en este país norteamericano.
—Mirella... —se dirigió a ella su mejor amiga Marcela—. Sé que pasaste por mucho en el extranjero. Siento tanto no haber estado ahí para que no te sintieras tan sola.
—No podías hacer mucho en ese entonces. Pero estuviste conmigo en las llamadas y mensajes. Por ti y mi familia sigo respirando, fueron mi fuerza en esos momentos.
Se abrazaron. Una amistad que había perdurado tanto tiempo que no cabía duda de ella. Se encontraban en la habitación de Mirella en Caracas. Su amiga Marcela había viajado desde Apure con la intención de llegar al reencuentro con su amiga.
—Me alegro de estar aquí en este momento —pareció triste al decirlo y su amiga Mirella lo notó.
—¿Qué ha pasado, Marcela? Yo estoy contenta con eso de que hayas hecho el esfuerzo de venir a verme.
—Sí, eso es así —le aseguró—. No es que me encuentre mal... Este es un día en el que he gozado tanto de que estemos juntas de nuevo.
—¿...Pero? Dime la razón de tu tristeza.
Marcela asintió, dibujando una media sonrisa en su rostro.
—Le dije a papá que regresaría por la mañana —confesó—. Pues, tenemos una invitación a la fiesta en la hacienda de los Alarcón, y me dijeron antes de venir que tenía que ir con ellos.
—No comprendo —negó con la cabeza—. ¿Es tan necesario asistir a esa fiesta?
Marcela se acomodó en la cama junto con Mirella, ambas dormirían juntas esta noche.
—Sucede que los Alarcón son una familia muy respetada en Apure. Tienen más tierras que cualquier otro, el cumpleañero es nada más y nada menos que Cristóbal.
La habitación se oscureció cuando Mirella apagó la luz del foco, pero enseguida encendió una lámpara que se hallaba sobre una mesita a un lado de la cama.
—¿Cristóbal? Pero ¿qué tienes que ver tú en todo esto? Pues supongo que ellos podrían ir sin ti.
—Ese es el detalle —prosiguió Marcela con el cuento—. Papá piensa que Cristóbal podrá enamorarse de mí.
—¿Y eso es malo? —aquello dicho por Mirella logró que su amiga frunciera el ceño—. No te lo tomes a pecho, solo lo digo porque me has dicho que es adinerado. ¿No es eso lo que todas quieren? Un hombre con plata... ¿siquiera es guapo?
Bueno, lo último hizo que Marcela se sonrojara.
—No todas, eh. Yo... me gustaría uno que me trate bien y que me consienta con detalles. Y... —afincó su tono de voz—. ¡Claro que es guapo! Yo diría que el más guapo de todo Apure. Uff, una vez iba sin camisa manejando en su todo terreno, iba yo saliendo del liceo. Nunca se me olvida.
—Y no eres igual a todas, eh. —Ambas rieron a carcajadas.
—Es en serio, Mirella... Además, sabes lo guapo que pueden llegar a ser los llaneros. Tú bien me contaste el encuentro con ese coleador que no vi por andar buscando a mi hermanito. No supe siquiera su nombre.
Mirella recordó ese muchacho que montando sobre un caballo logró que sintiera cosas que jamás había vuelto a sentir. No tuvo el tiempo de despedirse aquella vez. Seguro nunca más lo vería.
Suspiró por aquel recuerdo tan bonito y su amiga lo supo.
—Tal vez si me hubiera dado el tiempo para despedirme... solo tal vez... mi historia ahora fuera diferente.
—Pero ¿quién iba a pensar que ese idiota te iba a ser la vida imposible en Estados Unidos? Ya no pensemos en eso. Y es verdad, seguro tu vida ahora fuera diferente.