Mirella le había dicho a sus padres que le perdonaran por tener que irse tan pronto con su amiga Marcela.
Ellos habían dicho que no importa mientras ella estuviera bien y olvidara lo malo. Que todo lo que le hiciera bien sería bienvenido por ellos. Además se ofrecieron a cuidar al niño mientras estaba de viaje. Mirella lo necesitaba y ellos lo sabían. Sin embargo, le costó mucho separarse del pequeño, pero sus padres eran los mejores cuidadores y estaban felices de al fin tener a su nieto cerca.
Las dos mujeres tomaron un expreso a las seis de la mañana con destino a Apure. Marcela le había comentado a su amiga que sus maletas eran demasiado grandes para los tres días que habían en acordado regresar a Caracas.
Pero Mirella tenía una obsesión con el vestuario y para toda ocasión tenía una vestimenta. Su amiga no le quedó de otra que aceptar sus caprichos.
Era gracioso para Marcela porque Mirella era una típica niña caprichosa de ciudad que le gustaba ir al campo para sentirse en paz como en la películas.
Su amiga iba a un lado de la ventana dormida como casi siempre que iban juntas en un expreso.
—Chama... mana... —llamaba Marcela a Mirella, pero ella al tener el sueño pesado no respondía—. ¡Mirella Torres!
Mirella se dio un doloroso golpe contra la ventana al exaltarse con el grito de su amiga para que despertara.
—Aush —se quejó mientras se acariciaba donde tuvo el golpe—. ¿Te has vuelto loca? Uy, una simple llamada en mi oído hubiera estado bien.
Marcela cruzó los brazos.
—Tú sabes que eso no se puede. Tienes el sueño muy pesado.
—Lo siento —se disculpó por excusarse—. Ahora dime ¿para qué me llamas si al parecer no hemos llegado?
El expreso estaba detenido en una estación de gasolina.
—Iré al baño un momento y es bueno que cuides las bolsas —ahora Mirella entendía—. No quiero que nos roben como la última vez. Iré un momento, solo... no te duermas. Y si ves que comienza a rodar y no he llegado, debes pararlo.
El terror de Mirella era eso.
—¡Chama, no se te ocurra hacerme eso! Me daría vergüenza ir hasta el conductor para que se detenga.
—Pues uno nunca sabe, así que si toca lo llamas para que pare.
Marcela estiró las piernas al levantarse del asiento.
—Me traes galletas y café —pidió entre un bostezo.
—Traeré el doble para las dos. Tengo tiempo que no ligo el café con galletas, eso es parte de tu rutina diaria si más no recuerdo.
Mirella sonrió.
—Me conoces, tú me conoces.
Marcela se despidió y salió rápidamente para llegar a tiempo al baño, antes de que el chófer regresara y continuaran el poco camino que les faltaba para llegar al terminal de pasajeros.
Mientras tanto Cristóbal ordeñaba las vacas junto a sus trabajadores en esta parte de la hacienda. Una empleada se acercó a él y con respeto le habló:
—Patrón, lo solicitan en su oficina.
Cristóbal dejó lo que estaba haciendo y después de darle las gracias a la mujer, fué hasta lo que era la oficina de su abuelo, pero que ahora él atendía.
Al llegar se encontró con uno de los trabajadores encargado de las máquinas que usaban para las cosechas de maíz.
El muchacho estaba sudado parecía que había corrido kilómetros hasta llegar a la oficina.
—Por favor, siéntate —le pidió Cristóbal. Le era raro sentarse donde de pequeño miraba a su padre con papeles y cosas que no entendía—. Qué te trajo hasta aquí.
—Na', patrón... —comenzó a contar el trabajador—. Sabe que estábamos como todos los días en nuestro trabajo, actualmente sembrando, cuando un mapanare se apareció, y picó a Josué.
Cristóbal se levantó de la silla alarmado y preguntó de inmediato:
—¿Se encuentra bien? —su abuelo le había enseñado en los últimos años que sus trabajadores eran su responsabilidad y que él debía velar por sus necesidades a la hora de una emergencia.
El trabajador llamado José, se levantó de la silla frente a Cristóbal y quitándose el sombrero de paja, dijo:
—Se lo han llevado pa' el hospital —con lamento también dijo—: Temo que no se salve, usted bien sabe que los hospitales de aquí son más propensos a matar a uno que a sanarnos.
—José no se preocupe por eso. Si la cosa empeora trasladaré a Josué a la capital.
—Se lo agradezco mucho, patrón. Usted como su padre y abuelo, es tan generoso. Será un buen padre algún día.
Con eso se despidió el hombre y se fue a su trabajo.
Cristóbal se quedó en la silla pensando en lo que había dicho José. ¿Un buen padre? Ser papá era una responsabilidad, pero, ¿estaría preparado para tal cosa? Si bien había pensado en casarse, supuso que eso era parte del matrimonio.
Se imaginó a un niño corriendo por los pasillos de la grande hacienda, jugando con los animales, y a él, enseñándolo un día a ordeñar las vacas. O quién sabe, y también una princesa llanera.
Cristóbal tuvo que salir de sus pensamientos para ir a atender las soluciones con respecto al incidente con el trabajador.
Su madre que estaba al tanto de todo, le dijo antes de que su hijo se dirigiera al hospital más cercano, donde habían llevado a Josué:
—Cuida de tu empleado, pero recuerda que debes llegar temprano.
Cristóbal le dio un beso en la mejilla como despedida.
—Así será, siempre y cuando todo esté bien.
—Es tu cumpleaños, hijo. Ya estamos preparando todo para esta noche.
—Entonces, nos vemos. —El hombre terminó de abotonarse la camisa de mangas largas y se puso el sombrero.
Milagros comprendió que su hijo, una vez más, le estaba enseñando una valiosa lección: había crecido y ahora asumía muchas más responsabilidades que eran muy importantes.
Ella fue hasta la cocina donde su suegra picaba los aliños para la sopa de esta noche.
—Mi hijo se fue al hospital el día de su cumpleaños.
—Dios lo cuide y lo traiga con bien —la abuela Josefa era cristiana evangélica—. El señor dice en su palabra que todas las cosas son para bien.