Traspaso las puertas.
Estoy agotada, de intentarlo, de sentirme atrapada en este pueblo. Cada día que transcurre me siento más agobiada, sin embargo, no puedo dejarlo atrás e irme. Esto es lo único que conozco, es mi identidad, mis padres están enterrados aquí, mi abuela… ¿Quién se encargará de ellos? No puedo simplemente olvidarlos, aunque todo el mundo se aleja de mí.
Me llaman la peste de los Herrera, esa sombra que no me pertenece está detrás de mí. A cada lado que voy, me observan, susurrando que mi llegada a esta finca fue la causante de todo lo que pasó.
Fui yo quien perdió a sus padres por culpa de mi decisión, quedándome sola. He intentado hasta entonces seguir mi vida, estudiar y conseguir un trabajo para poder solventar mis gastos.
—No traes buena cara, supongo que no tuviste suerte.
Ash está en el comedor con una pila de papeles, su computadora encendida. Bueno, no estoy tan sola; si no fuera por Ash, que me permite vivir en su casa sin condiciones, no sé qué sería de mí en este momento.
—No. Que las antiguas maestras son las que se quedan con los cargos, que me avisarán si hay alguna suplencia. Más de lo mismo. ¡No sé qué voy a hacer! Han pasado un año y medio desde que me recibí y todavía no hay nada.
Levanta la cabeza y me observa por encima de sus gafas.
—No te apresures, el mercado laboral por acá no es muy extenso. Hablaré en la ferretería con Don Hidalgo y le diré que te tome, ¿sí? No tienes que extenuarte tanto. Lo arreglaré —me entrega una sonrisa cálida.
Asiento sin decir nada, porque no sé qué responder. Porque si abro la boca, quizás me quiebro. Y ya lloré demasiado esta semana.
—Ya haces suficiente. Déjame arreglar esto. Si no encuentro solución. Vendré a ti —me quito el bolso—. Te traeré café.
Vuelve su atención a sus archivos.
—Gracias.
Carlota está cocinando. Me acerco y la asusto por detrás. Es la única empleada que ha quedado; los demás se han ido con el pasar del tiempo. Primero porque la casa se redujo a dos personas viviendo y Jessica, la hija de Ash que viene los fines de semana, así que no necesitamos personal de sobra. Después porque la situación con la finca ha decaído.
—Eso ya huele delicioso —digo, mientras ella apenas está cocinando un guisado.
—¡No, niña! No metas las narices. Ve, ve, que todavía le falta… —se ríe al verme a punto de meter la cuchara para probar.
—Bien, pero solo porque le voy a llevar café al señor —sonrío dulcemente y le doy un beso en la mejilla. Entre empujones me saca de la cocina.
Salgo con el café hasta donde está Ash, quien habla molesto por teléfono. Me inclino dejándolo suavemente mientras frunzo el ceño. Pero no puedo evitar fruncir el ceño al ver su expresión. Algo le pasa, aunque intente disimularlo.
Cuando finalmente cuelga, me atrevo a preguntar.
—¿Todo bien?
Ash suspira, se pasa una mano por el rostro y se quita las gafas por un momento para frotarse los ojos. Se ve cansado, más de lo que admite.
—Sí, todo bien. Solo que dejaron un paquete en el correo y tendré que ir a buscarlo más tarde. Nada del otro mundo.
—Yo voy —digo rápido emocionada, antes de que pueda negarse—. Voy en mi bicicleta. El sol está lindo y me vendrá bien moverme.
Me observa, recorriendo con su mirada mi rostro. Quiere decir que no, lo veo en la forma en que aprieta los labios, en cómo su mirada se desvía hacia la ventana como si buscara una excusa para retenerme. Sé que piensa en el pueblo, en las miradas, en los chismes y mentiras. Hay algo en mi expresión debe convencerlo. O quizás es el cansancio, o el hecho de que tiene mil cosas más en la cabeza como para preocuparse por un simple viaje al correo.
Finalmente asiente.
—Está bien, puedes ir.
Sonrío, un alivio que apenas puedo contener. Ya me veo sintiendo el viento en la cara, el pedaleo quemándome las piernas, aunque sea por unos minutos, aunque después tenga que volver a encerrarme.
—No tardaré —digo, girando para salir.
Camino hacia la puerta, los pasos ligeros, casi saltando. Me detengo a mitad del pasillo. Me giro lentamente. Ash sigue ahí, de pie junto a la mesa, con la taza de café humeando entre sus manos, la mirada puesta en mí como si supiera que no me había ido del todo.
—Ash…
—¿Qué? —pregunta, con esa voz tranquila que siempre usa conmigo.
—Gracias —susurro conmovida—. Por todo. Por dejarme quedar, por lo de pensar en mi con lo de Don Hidalgo, por- por confiar en mí cuando nadie más lo hace.
Solo me mira.
—Anda, ve antes de que se haga tarde —musita al final.
Asiento, y esta vez sí salgo. Cruzo el jardín con la bicicleta, siento el sol calentándome la espalda y el aire moviéndome el pelo. Respiro hondo, como si pudiera llenarme los pulmones.
Pedaleo por la ruta de tierra, el sol caliente en la espalda y el viento revolviéndome el pelo. A mi costado, el trigo baila como un mar dorado que se extiende hasta donde alcanza la vista. Dejo atrás la finca, sus portones altos y sus puertas.
Por un instante siento que puedo respirar de verdad.
Llevo unos minutos pedaleando cuando llego a aquella T, ese cruce maldito que separa las tierra, por un lado, los Herrera y por el otro, los Beltrán. El diablo y su hijo. El pueblo dice que de ese lado no crece bien la hierba, pero yo sé que es solo el temor hablando.
O quizás no. Quizás tienen razón.
Estoy a punto de cruzar cuando escucho el rugido de un motor acercándose demasiado rápido. Antes de que pueda reaccionar, una camioneta negra, enorme, oscura, me pasa tan cerca que el aire me arrastra hacia la cuneta. La bicicleta se tambalea, mis pies apenas alcanzan a tocar el suelo para no caerme, el corazón se me sube a la garganta.
—¡Oye! —grito asustada, el sonido se pierde entre el eco del motor y mi propia respiración entrecortada— ¡Pudiste atropellarme!
La camioneta se detiene unos metros más adelante, mal estacionada en medio de la ruta vacía como si el que la maneja no tuviera prisa. La conozco. Esa camioneta negra, oscura, con los vidrios polarizados que nunca dejan ver adentro. La he visto demasiadas veces como para no reconocerla.
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papa soltero, segundas opotunidades, hombre poderoso y posesivo
Editado: 08.04.2026