La debilidad de los Beltrán

Capítulo 2.

—Me ofreció trabajo, ese diablillo. Quiero rechazarlo porque sé que es una mala idea, pero la situación en la finca no es del todo buena y siento que soy un estorbo —murmuro con el celular pegado al oido, observando la tormenta que se desata.

El cielo es de un gris oscuro. El viento dobla los árboles y la tierra remolinea, formando pequeños tornados de polvo. Puedo escuchar la voz chiquilla de Jessica quejándose de la ciudad. No puedo evitar sonreír. Si fuera por ella, viviría acá con su padre.

—No creo que seas un estorbo para Asher, si lo fueras, te lo haría saber, es solo tu cabeza, Laura —hace una pausa. Ava vuelve a regañar a su hija—. Las puertas de mi casa están abiertas. Estarás cómoda, encontrarás trabajo y hasta puedes dar clases particulares…

Sé que su oferta siempre está en pie. Sin embargo, no puedo irme a la ciudad. Soy una chica de pueblo, no podría contra las duras personas de allá. Es demasiado. Aparte, sé que las intenciones de Ava pueden ser puras, pero siento que también es su forma de recompensar el pasado. Está intentando redimirse, reparar los errores que cometió.

Perdió demasiado por algo que al final no le dejó más que una gratificación momentánea. Su matrimonio se rompió al punto de que hubo una larga lucha por la tutela de su hija. Su vida no está en el mejor momento y Jessica viene cada fin de semana y en días festivos, esa niña tiene sangre Herrera en sus venas.

Sangre caliente, fiera y oscura. Todo terminará mal, lo presiento.

—Yo… —la puerta suena con estruendo, interrumpiéndome.

—Soy Carlota, señorita. Ábrame, por favor —exclama.

—Después hablamos, Ava. Tengo que atender la puerta, me llaman. Pensaré en tu oferta.

Escucho su quejido. Sabe que nunca le daré una respuesta.

—Está bien. Cuídate.

Abro la puerta y me encuentro con Carlota. Tiene un leve sudor en la frente, como si hubiera corrido por la escalera. Por su edad y su peso, sería un esfuerzo doble. Me ato la bata, ocultando mi ropa de dormir.

—Está el señor Beltrán afuera, furioso. Sus hombres están esperando órdenes para entrar a la finca —dice jadeando.

Cierro la puerta y camino hacia abajo, preocupada. ¿De qué se trata todo esto? ¿Luciano afuera? ¿Debajo de esta tormenta?

No soy la única que confundida baja. Aparece Ash. Nos miramos sin entender la situación y porque alguien interrumpiría a las siete de la tarde. No se ve feliz. Parece recién despierto, tiene el cabello revuelto y el pantalón de dormir colocado de forma desordenada.

Abre la puerta y se pone a un lado. La tormenta trae consigo una lluvia intensa. Ahí está Luciano, empapado. Sus ojos oscuros, negros y penetrantes, me recorren al verme y luego se posan en Ash

No parece una visita amistosa, bueno, nunca se sabe la situación de este hombre, con su rostro y postura rígida.

—¿Qué es esta interrupción en medio de la tormenta? Adelante, dejen de mojarse —exclama Ash, serio, sin dejar de lado ese toque amable que lo caracteriza.

Luciano da solo un paso, suficiente. Hombres con enormes cinturones y vaqueros, de apariencia intimidante, esperan detrás.

—Estoy buscando a mi hijo. Quiero saber si no está metido en tus terrenos.

—¡¿Qué?! ¿Gael desapareció? —digo cubriéndome la boca, angustiada—. ¿Con esta tormenta? ¿Qué fue lo que pasó?

No se mueve un músculo en el rostro duro y frío de Luciano.

—Herrera. Entraré a la fuerza si no puedo pasar, con mis hombres y recorreré cada rincón de tus tierras sin mirar atrás.

En su tono de voz había una leve molestia e irritación, que intentó ocultar. Miro a Ash que no está feliz de recibir amenazas y me giro para dejar que sus hombrías jueguen solos esta partida. No hay tiempo que perder, la noche se está acercando y no podemos dejar que un niño esté en la oscuridad en el vasto prado.

Porque no importa que tan insolente e insoportable sea Gael, sigue siendo un niño y podría tener frío, hambre. Mi cabeza comenzó a doler solo de pensar lo mojado que debe de estar su ropa. ¿Y si no está acá en nuestras tierras?

—¡Niña! Deja que los hombres se encarguen. ¡Está lloviendo muy fuerte! —escucho el grito de Carlota detrás una vez que salgo por las puertas traseras al jardín en busca de mi caballo.

—¡Laura! —grita Ash desde adentro.

Volteo la cabeza, no hay rastros de Luciano. El viento es tan fuerte que hace que la lluvia golpee mi cuerpo de forma violenta, mi cabello se desarma por la ráfaga de aire, hace demasiado frío, aunque ahora es lo menos que me interesa.

—¡No pienso quedarme de brazos cruzados! ¡Está por oscurecer, debo encontrarlo!

El caballo relincha cuando me acerco, sensible a la tormenta. Lo calmo con una palmada en el cuello mientras desato las riendas de un tirón. Mis dedos están entumecidos por el frío, no me detengo. Me subo de un salto, la falda de la bata se me enreda en las piernas, maldigo en voz baja, no hay tiempo para cambiarme. Quitándomela me quedo solo con el pijama, las agujas del reloj corren y no hay oportunidad de avergonzarse.

—¡Laura, baja de ahí ahora mismo!

El animal arranca con fuerza, las patas hundiéndose en el barro antes de encontrar impulso. La lluvia me azota la cara, me entra por los ojos, por la boca. Sólo aprieto las piernas contra los flancos del caballo y lo guío hacia el campo abierto.

El viento aúlla. Los árboles se doblan como juncos. A lo lejos, los relámpagos iluminan el cielo partiéndolo en dos. No sé por dónde empezar a buscar. El prado es enorme, la noche está cayendo y Gael es tan pequeño, tan frágil a pesar de su insolencia, que podría pasar fácilmente desapercibido.

—¡Gael!

El viento se lleva mi voz. El caballo avanza entre la lluvia, las crines empapadas pegadas a su cuello. Lo guío, hacia donde los trigales se encuentran con el bosque. Si Gael está en algún lado, si vino hasta acá como la otra vez, quizás buscó refugio entre los árboles.

Es inteligente. Sabría refugiarse.




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