La debilidad de los Beltrán

Capítulo 3.

—¿Estás bien?

No lo estoy. Con solo pensar que dentro de un rato estaré en la cueva de los lobos, me irrita. Sin duda, mi libre albedrío es una porquería. Los ojos curiosos de Ash me observan. Sé que está esperando que le dé alguna pista de lo que ocurrió el otro día, pero no lo haré. No quiero que crea que estoy siendo obligada —aunque sea la verdad— e intervenga. Podría suceder una catástrofe. Y no estoy para eso.

—Sí, no dormí mucho. Es eso —hago una pausa—. ¿El viernes vendrá Jessica?

Su hija. Deja de teclear para arrugar la nariz. Mala señal.

—No. Dice que tiene una pijamada con sus amigas de la escuela y no quiere venir.

Ya van dos fines de semana que no viene. Sus ojos me observan mientras frunce el ceño.

—¿Crees que esté mintiendo? Quiero decir… ¿que Ava no quiera que ella vuelva acá?

Se inclina hacia atrás, como si esperara que yo le ofreciera alguna información. Hago una mueca.

—No lo sé —respondo sinceramente, pensando en que si es peor están en esté interrogatorio o en la casa de esos dos, allá—. Puedo indagar un poco, pero no me ha dicho nada al respecto.

—¿Crees que es capaz de eso?

El pasado de Ava la consumió.

—Sí, es capaz. Miente. Oculta la verdad. Su vida… ya no sabes quién demonios es esa mujer. Lo siento, Laura. No tienes por qué escuchar esto. Olvídalo. Yo me encargaré con mis abogados.

Otra pelea más. Lo sabía. No intervine, no pronuncié nada. Solo lo saludé y me levanté para subir a la habitación y vestirme. Un par de jeans, una pequeña camiseta floreada y me ato el cabello. Guardo mis libros en una mochila y, aunque sé que tendré al mejor alumno, me emociono ligeramente al poder hacer esto. Por fin. Aunque la felicidad se me esfuma al imaginarme lo complicado que será todo.

Al bajar, noto que Ash le está dando indicaciones a Carlota sobre la comida.

—Y sopa —dice Ash y sus ojos se mueven al verme bajar por el último escalón.

—Me voy —exclamo con media sonrisa—. Nos vemos en la tarde…

O en mi funeral, me ahorro el comentario porqué no quiero que se preocupen.

—Adiós, Laura.

Salgo de la finca de con la mochila colgando del hombro y el corazón latiéndome en la garganta. Pedaleo por la carretera de tierra que separa un territorio del otro, los trigales mecerse a ambos lados. El sol ya calienta, aunque siento un ligero frío. Un escalofrío me recorre la espalda cuando estoy frente a los los portones de hierro forjado, imponentes, con el apellido Beltrán grabado.

Me bajo de la bicicleta. La apoyo contra un poste, aunque nadie me ha dicho si puedo o no hacerlo. Camino hacia la garita de seguridad, una estructura de cemento gris con ventanas polarizadas que no dejan ver hacia adentro.

Mis pasos crujen sobre la tierra.

Dios sálvame, estoy a punto de entrar territorio enemigos.

La puerta de la garita se abre. Salen dos hombres. El primero es alto, de espalda ancha, con el uniforme negro ajustado a un cuerpo que parece tallado en piedra. El segundo es más joven, de rasgos afilados y una sonrisa que no llega a sus ojos. Ambos llevan radios en el pecho y pistolas en el cinturón.

¿Por qué tanta seguridad? Me enderezo. Aprieto los hombros hacia atrás. Levanto la barbilla ocultando el miedo que me dan que sean tan grandes y rígidos.

—Soy la nueva maestra —murmuro con firmeza sosteniendo la mochila—. Me están esperando.

El hombre alto me mira de arriba abajo. Sus ojos recorren mi ropa, mi mochila, mis zapatos manchados de polvo. Vaya, un análisis exhaustivo. No dice nada. Solo se toca el auricular en la oreja, un gesto mecánico.

—Debes irte —me ordena—. No tienes permiso de estar acá, señorita.

—Luciano Beltrán me contrató —insisto, aunque mis piernas tiemblan ligeramente—. Gael me espera.

El segundo hombre suelta una risa corta, un ruido desagradable que me hace apretar los dientes. Puedo sentir mi rostro volverse rojo de la vergüenza.

—Las únicas mujeres que entran por acá son putas, y es a la noche —escupe rudamente—. No estamos de noche y no pareces una, con ese flacucho cuerpo tuyo.

El hombre alto lo mira, como si le pidiera discreción, no funciona. Ambos me observan con esa mezcla de desprecio y diversión que me hierve la sangre.

—Señor —dice el alto, dirigiéndose al auricular de nuevo, como si no estuviera presente—, insiste. No quiere irse.

Aprieto la mandíbula. Mis manos tiemblan, no es de miedo. Es de rabia. Me siento pequeña, insignificante, reducida a nada por dos tipos que ni siquiera conozco. Y lo peor es que tienen razón en algo.

No puedo probar nada. No tengo un papel. No tengo un número. No tengo nada.

¿Con quién hablaría? Podría llamar a Luciano, si tuviera su número, nunca se me dio por guardar su teléfono. ¿Y para qué iba a hacerlo? Hasta hace dos días, lo único que quería era huir de él.

El hombre alto suspira, como si yo fuera un problema que le da pereza resolver.

—Mira, te voy a dar un consejo —dice el más joven, y baja la voz—. Si de verdad tienes un trato con el patrón, vuelve con él, que te dé un pase o algo. No regreses sola. Porque la próxima vez no vamos a ser tan amables.

Amables. Se rieron de mí. Me llamaron puta. Me dijeron flacucha. Y ahora me hablan de amabilidad.

Levanto la cabeza. Los miro a los dos, quiero decirles tantas cosas, que son unos miserables, que se creen importantes porque cuidan la puerta de un hombre rico, que no son nadie. No digo nada y doy un paso atrás. Voy hasta el césped y me siento bajo su incrédula mirada.

—Deberían dejarme entrar —abro la mochila buscando entre los cuadernos y libros.

—Sobre nuestro cadáver.

Los observo con la ceja alzada.

—Consté que se los advertí.

Y saco una barra de cereal de chocolate y frutilla. La abro con calma. El primer mordisco es ruidoso. El chocolate se derrite en mi lengua, dulce, mientras los dos hombres me miran como si hubiera perdido la cabeza.




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