1994 – Armenia, Sonsonate
Después de perder nuestra casa, no nos quedó más opción que comenzar de nuevo.
Mi padre, Humberto González, reunió las pocas pertenencias que aún nos quedaban. Mi madre, María González, todavía llevaba un vendaje alrededor de la cabeza por la herida que había sufrido días antes.
Yo tenía apenas diez años.
Mi hermano Nehemías González cargaba una vieja bolsa con ropa.
Mi hermanita Sarai González, de cinco años, caminaba tomada de la mano de mi madre, sin comprender por qué habíamos dejado todo atrás.
Después de varias horas de viaje llegamos a Armenia, Sonsonate.
Mi padre respiró profundamente.
—Llegamos.
Frente a nosotros estaba la casa de su hermano, Fernando Sacatales.
Era una casa grande.
Estaba construida de ladrillos, tenía el piso completamente encementado y varias habitaciones. Desde afuera parecía una vivienda cómoda.
Pensé que viviríamos allí.
Mi padre llamó a la puerta.
Fernando salió sonriendo.
—¡Humberto! Qué bueno que llegaron.
Los abrazó uno por uno.
—Pasen, pasen.
Mi madre sonrió.
—Muchas gracias por recibirnos.
Fernando caminó unos metros hacia el patio trasero.
—Ustedes vivirán aquí mientras logran recuperarse.
Al escuchar esas palabras levanté la vista.
No nos estaba llevando a su casa.
Nos estaba llevando a una pequeña champa que había detrás.
Era una construcción improvisada.
Solo tenía cuatro láminas viejas como techo.
Las paredes estaban hechas con palos cubiertos por una vieja carpeta y algunos plásticos.
El piso era de tierra.
Cuando el viento soplaba, toda la champa se movía.
Sarai miró alrededor.
—¿Aquí vamos a vivir, mamá?
Mi madre sonrió para no preocuparla.
—Será solo por un tiempo, mi amor.
Mi padre dejó las bolsas en el suelo.
No dijo nada.
Pero pude ver la tristeza en su rostro.
Aun así, comenzó a limpiar el lugar.
Quitó algunas piedras.
Barrió la tierra con una escoba vieja.
Después acomodó nuestras pocas cobijas.
Aquella noche los cinco dormimos juntos.
El viento entraba por todos lados.
Cada vez que llovía teníamos que mover las cobijas para evitar que se mojaran.
A pesar de todo, mi padre seguía diciendo la misma frase.
—No importa dónde vivamos.
Mientras estemos juntos, saldremos adelante.
Yo quería creerle.
Los primeros días parecían tranquilos.
Mi padre salía antes de las cinco de la mañana buscando trabajo.
Aceptaba cualquier empleo.
Un día ayudaba en una construcción.
Otro descargaba camiones.
Otro cargaba sacos de cemento.
Regresaba completamente cansado, pero nunca dejaba de sonreír.
Una noche, mientras cenábamos, Fernando dijo:
—Humberto, tengo una idea.
Mi padre levantó la mirada.
—¿Cuál?
—Compren un cilindro de gas. María puede hacer tortillas para vender. Mi esposa también vende tortillas, y aquí siempre hay clientes. Les irá muy bien.
Mi madre sonrió ilusionada.
—¿De verdad crees que funcione?
—Claro que sí —respondió Fernando sin dudar.
Mi padre decidió confiar en su hermano.
Durante varios días trabajó sin descanso.
Aceptó más trabajos de construcción para reunir el dinero.
Cuando por fin logró comprar el cilindro de gas, sentimos que nuestra suerte comenzaba a cambiar.
Pero no sabíamos que aquella promesa solo era el comienzo de una nueva traición.
Aquella tarde regresamos del mercado como siempre.
Mi madre llevaba una pequeña bolsa con azúcar, café y unos huevos.
Mi padre había comprado unas tortillas antes de regresar del trabajo.
Era poco.
Pero para nosotros significaba mucho.
Antes de entrar, mi madre me miró.
—Esperanza, revisa que la bolsa siga bien escondida.
Asentí.
La comida iba debajo de nuestra ropa para que nadie la viera.
Era triste tener que ocultar lo que comprábamos con tanto esfuerzo.
Cuando abrimos la puerta, sentí que algo no estaba bien.
Todo estaba fuera de lugar.
Las cobijas estaban tiradas sobre el suelo.
Las bolsas abiertas.
Mi madre dejó caer lo que llevaba en las manos y comenzó a revisar desesperadamente.
—No... no puede ser...
La bolsa del azúcar había desaparecido.
El café tampoco estaba.
Los huevos ya no estaban.
Solo encontramos ocho tortillas frías y tres pequeños pedazos de queso sobre una mesa.
Sarai comenzó a llorar.
—Mamá... tengo hambre...
Mi madre la abrazó con fuerza mientras trataba de contener sus propias lágrimas.
Nehemías bajó la cabeza.
Yo sentía un enorme coraje, pero no podía hacer nada.
Esperamos a que mi padre regresara.
Cuando entró, venía completamente cubierto de polvo. Sus botas estaban llenas de mezcla seca y sus manos tenían pequeñas heridas de tanto trabajar.
Al vernos en silencio, comprendió que algo había ocurrido.
—¿Qué pasó?
Mi madre respiró profundamente.
—Nos volvieron a robar la comida.
Mi padre observó la habitación.
Luego la mesa.
Después nos miró a nosotros.
No dijo una sola palabra.
Simplemente salió caminando hacia el patio donde estaba Fernando.
—Fernando.
Mi tío levantó la vista.
—¿Qué pasa?
—Quiero hablar contigo.
—Habla.
—Nuestra comida desaparece cada vez que salimos. Ya no es la primera vez.
Fernando frunció el ceño.
—¿Y qué quieres que haga?
—Solo quiero saber qué está pasando.
Fernando dio un paso al frente.
—¿Me estás acusando?
—No estoy acusando a nadie. Solo quiero una explicación.
En ese momento salió su esposa.
—¡Aquí nadie les ha robado nada! Si no les gusta vivir aquí, búsquense otro lugar.
Mi padre permaneció en silencio.
Yo nunca lo había visto tan decepcionado.
Después de unos segundos respondió con calma.
—Está bien.
No volveremos a molestarlos.
Entró al cuarto donde estábamos nosotros.
Nos miró uno por uno.
—Empaquen todo.
Nos vamos.
Mi madre intentó decir algo.
—¿Pero a dónde iremos?
Mi padre tomó su mano.
—No lo sé.
Pero prefiero dormir bajo un árbol antes que permitir que mis hijos vivan donde no los respetan.
Aquellas palabras quedaron grabadas para siempre en mi memoria.
En menos de media hora recogimos nuestras pocas pertenencias.
Nehemías cargó la bolsa de ropa.
Yo tomé otra con las ollas.
Mi padre levantó a Sarai en brazos.
Mi madre caminaba despacio porque todavía le dolía la cabeza.
Ninguno volvió la mirada hacia aquella casa.
Mientras caminábamos por la carretera, el sol comenzaba a ocultarse.
No sabíamos hacia dónde íbamos.
Solo caminábamos.
Después de varias horas encontramos un lugar donde pasar la noche.
Al día siguiente, mi padre consiguió que un conocido le hablara de una pequeña casa en El Palmarcito, La Libertad.
No era una buena colonia.
Muchos le advirtieron que era peligrosa.
Pero era lo único que podíamos pagar.
Cuando llegamos, comprendimos por qué el alquiler era tan barato.
Las calles estaban casi vacías.
Las casas tenían puertas de hierro.
Al caer la tarde, los vecinos entraban rápidamente y nadie volvía a salir.
Mi padre observó el lugar.
Luego nos miró.
—No será para siempre.
Solo estaremos aquí mientras reunimos dinero para algo mejor.
Esa noche intentamos dormir.
Pero cerca de la medianoche escuchamos varios disparos.
Sarai despertó llorando.
Mi madre la abrazó inmediatamente.
Nehemías se acercó a mi padre.
—Papá... ¿qué fue eso?
Mi padre guardó silencio unos segundos.
—Solo quédense dentro de la casa.
Yo permanecía despierta.
Los disparos continuaron.
Después se escucharon gritos de personas pidiendo ayuda.
Luego sirenas.
Y finalmente...
Un silencio que daba todavía más miedo.
Aquel fue nuestro primer día en El Palmarcito.
Y todavía no sabíamos que los años más difíciles de nuestra vida apenas estaban comenzando.
1995
Habían pasado varios meses desde que nos mudamos a aquella pequeña casa.
No era grande ni bonita, pero al menos podíamos dormir sin que alguien nos quitara nuestra comida.
Mi madre, María, comenzó a buscar la forma de ayudar a mi padre.
Una vecina llegó una mañana con un canasto lleno de ropa.
—María, ¿podría lavarme esta ropa? Yo le pagaría.
Mi madre sonrió.
—Claro que sí.
Desde ese día, todos los días aparecían más personas.
Algunas llevaban un par de camisas.
Otras llevaban pantalones, sábanas y hasta cobijas.
Mi madre pasaba horas arrodillada sobre una piedra, lavando ropa con jabón de barra.
Después la tendía al sol y, cuando estaba seca, la doblaba con mucho cuidado.
No ganaba mucho.
Pero cada colón ayudaba.
Mi padre seguía trabajando en las construcciones.
Un día, mientras desayunábamos, nos miró a mi hermano y a mí.
—Esperanza... Nehemías...
Los dos levantamos la vista.
—Necesito ayuda.
Nos miramos por un momento.
Yo tenía once años.
Nehemías era todavía más pequeño.
Pero los dos respondimos al mismo tiempo.
—Sí, papá.
Aquella misma tarde, después de salir de la escuela, caminamos junto a él hasta la construcción.
Era la primera vez que trabajábamos.
Todo parecía enorme.
Había montañas de arena.
Pilas de bloques.
Sacos de cemento.
Y carretillas por todos lados.
Mi padre nos explicó con paciencia.
—No quiero que carguen demasiado peso. Solo ayúdenme en lo que puedan.
Asentimos.
Mi madre también llegó un poco más tarde, después de terminar de lavar la ropa de los vecinos.
Mientras mi padre levantaba las paredes colocando bloque por bloque, ella preparaba la mezcla.
Con una pala mezclaba arena, grava, cemento y agua hasta que quedaba lista.
Nehemías y yo llenábamos las cubetas.
Las llevábamos hasta donde estaba mi padre.
Luego regresábamos por más.
Una y otra vez.
Al terminar el día, nuestras manos estaban llenas de polvo.
La ropa completamente sucia.
Y los brazos nos dolían tanto que apenas podíamos levantarlos.
Mi padre sonrió.
—Estoy orgulloso de ustedes.
No por trabajar.
Sino porque no se rinden.
Aquellas palabras hicieron que todo el cansancio valiera la pena.
A las tres de la tarde hacíamos una pequeña pausa.
Muy cerca de la construcción había una tienda.
Como muchas veces el dinero no alcanzaba, mi padre hablaba con la señora.
—¿Me puede fiar dos panes franceses y una gaseosa? Mañana le pago.
La señora sonreía.
—Claro, don Humberto. No se preocupe.
Nos sentábamos sobre una pila de bloques.
Mi madre partía los panes en pedazos para que alcanzaran para todos.
Después servía la gaseosa en pequeños vasos.
Nunca olvidaré aquellas meriendas.
No porque fueran abundantes.
Sino porque eran el resultado del esfuerzo de toda la familia.
Mientras comíamos, mi padre siempre decía:
—Nunca se avergüencen del trabajo honrado. Lo poco ganado con esfuerzo vale más que mucho dinero conseguido deshonestamente.
Yo guardaba esas palabras en mi corazón.
No lo sabía en ese momento...
Pero años después serían una de las razones por las que jamás engañaría a nadie en los negocios.
Así transcurrieron los meses.
Entre la escuela por las mañanas...
La construcción por las tardes...
Y las noches ayudando a mi madre a doblar la ropa que había lavado.
Nuestra vida no era fácil.
Pero cada día nos hacía más fuertes.
Y aunque todavía no lo imaginábamos...
Todo ese esfuerzo estaba preparando el camino para el sueño que un día cambiaría el destino de nuestra familia.
1996
Los meses comenzaron a convertirse en años.
Sin darme cuenta, la niña que alguna vez solo pensaba en jugar había aprendido a vivir entre sacos de cemento, bloques y carretillas.
Nuestra rutina era siempre la misma.
Por la mañana asistíamos a la escuela.
Al salir, mi hermano Nehemías y yo corríamos a cambiarnos de ropa.
No tardábamos ni diez minutos.
Sabíamos que mi padre ya nos estaba esperando en la construcción.
Al llegar, él sonreía.
—Ya vinieron mis ayudantes.
Yo sonreía de regreso.
—¿Qué hacemos hoy, papá?
Él señalaba los materiales.
—Primero acérquenme los bloques. Después llenen unas cubetas con arena.
Mi hermano y yo comenzábamos a trabajar.
Llevábamos bloques.
Después arena.
Luego grava.
Más tarde agua.
Y cuando mi madre terminaba de lavar la ropa de los vecinos, llegaba directamente a ayudarnos.
—¿Dónde necesitas la mezcla? —preguntaba.
Mi padre señalaba una esquina.
—Aquí mismo.
Mi madre comenzaba a mezclar cemento, arena, grava y agua con una pala hasta dejar la mezcla en su punto.
Mientras tanto, mi padre colocaba los bloques con una precisión que siempre admiré.
Parecía que cada pared que levantaba llevaba una parte de sus sueños.
—Algún día construiré una casa para ustedes —nos decía.
Yo lo miraba trabajar.
Tenía las manos llenas de callos.
Las uñas gastadas por el cemento.
El rostro cubierto de polvo.
Pero nunca lo escuché quejarse.
A las tres de la tarde hacíamos la pausa de siempre.
La señora de la tienda ya nos conocía.
Cuando nos veía llegar, sonreía.
—¿Lo de siempre, don Humberto?
Mi padre asentía.
—Sí, por favor.
Ella sacaba dos panes franceses y una gaseosa familiar.
Todo quedaba anotado en una libreta.
—Cuando pueda me paga.
—Muchas gracias.
Nos sentábamos sobre unos bloques.
Mi madre partía los panes para que alcanzaran para todos.
Sarai también ya nos acompañaba algunas tardes. Aunque seguía siendo pequeña, le gustaba estar con nosotros.
—Cuando sea grande también voy a trabajar con ustedes —decía sonriendo.
Todos nos reíamos.
Mi padre acariciaba su cabeza.
—No, hija. Tú estudiarás mucho para que tengas una vida mejor.
Aquellas palabras llenaban de esperanza nuestro corazón.
Los fines de semana tampoco descansábamos.
Si mi padre tenía trabajo, toda la familia iba con él.
Mientras unos clientes observaban únicamente una construcción...
Yo veía el sacrificio de mi familia.
Cada bloque levantado significaba comida.
Cada pared terminada significaba que podríamos pagar el alquiler una semana más.
Cada trabajo terminado era una victoria.
Una tarde, mientras ayudábamos a limpiar la obra, mi padre me llamó.
—Esperanza.
—Sí, papá.
—Nunca olvides esto.
Dejó la pala apoyada sobre una pared y me miró fijamente.
—El dinero se puede perder de un día para otro.
Las casas también.
Pero el conocimiento y las ganas de trabajar nadie puede quitártelos.
Asentí en silencio.
No imaginaba cuánto recordarían esas palabras los años siguientes.
Mi madre también comenzó a recibir más trabajo lavando ropa.
Había días en los que el patio de la casa estaba lleno de camisas, pantalones y sábanas colgadas al sol.
Ella trabajaba desde muy temprano hasta que caía la noche.
Sus manos siempre estaban resecas por el jabón.
Pero nunca se rendía.
—Mientras tengamos fuerzas, saldremos adelante —nos repetía.
Esa frase se convirtió en el lema de nuestra familia.
Los años difíciles no nos estaban destruyendo.
Nos estaban enseñando a luchar.
Y sin que ninguno de nosotros lo supiera...
Muy pronto la vida nos pondría frente a una oportunidad que cambiaría nuestro destino para siempre.
Continuará...Esa idea queda muy bien y hace que el éxito de Esperanza nazca de una oportunidad sencilla y del esfuerzo de su familia. Aquí está la continuación.
1997-2002
Los años siguieron pasando.
Mi padre continuó trabajando en la construcción hasta que un día el dueño de una obra le dio una mala noticia.
—Don Humberto, ya no podré seguir contratándolo. La construcción terminó y por ahora no tengo más proyectos.
Mi padre estrechó su mano con respeto.
—Gracias por la oportunidad.
Regresó a casa en silencio.
Mi madre entendió inmediatamente que algo no estaba bien.
—¿Qué pasó?
Mi padre suspiró.
—Me quedé sin trabajo.
Durante varios días buscó empleo por todas partes.
Recorrió colonias, preguntó en construcciones y habló con antiguos compañeros.
Pero nadie necesitaba un albañil.
El dinero comenzó a terminarse.
Ya no podíamos seguir pagando el alquiler.
Una tarde, mientras hablaban en voz baja, un vecino se acercó.
—Don Humberto, conozco a un señor que tiene una casa desocupada. Es una persona de buen corazón. Tal vez pueda ayudarlos.
Aquellas palabras devolvieron un poco de esperanza.
Al día siguiente fuimos a buscarlo.
Era un hombre mayor, muy respetado en la zona.
Vivía en una casa grande rodeada de árboles y jardines.
Mi padre le explicó toda nuestra situación.
El hombre escuchó en silencio.
Después sonrió.
—Tengo una casa vieja que no utilizo. No es nueva, pero está en buenas condiciones. Si prometen cuidarla, pueden vivir allí mientras logran salir adelante.
Mi madre comenzó a llorar.
—Muchas gracias... No sabe cuánto significa esto para nosotros.
El señor solo respondió:
—Cuando uno puede ayudar, debe hacerlo.
Aquella misma semana nos mudamos.
La casa era antigua, pero hermosa.
Tenía paredes de bloque, piso de cemento, un corredor amplio y un patio donde crecían árboles de mango y limón.
Para nosotros parecía un palacio.
Por primera vez en muchos años sentimos que podíamos respirar tranquilos.
Allí vivimos durante seis años.
Seis años en los que aprendimos que la verdadera riqueza no estaba en lo que uno tenía, sino en la unión de la familia.
Mi padre volvió a conseguir trabajos de construcción.
Mi madre siguió lavando ropa ajena.
Cada mañana salía con grandes canastos llenos de ropa para entregarla limpia y bien doblada.
Siempre que podía, yo la acompañaba.
Me gustaba caminar con ella.
Durante el camino hablábamos de la vida, de nuestros sueños y del futuro.
—Algún día tendrás tu propio negocio —me decía.
Yo sonreía.
—¿De verdad lo cree, mamá?
Ella respondía sin dudar.
—Claro que sí. Solo nunca dejes de trabajar.
Los años siguieron pasando.
Hasta que un día, cuando ya había cumplido dieciocho años, ocurrió algo que cambiaría mi destino.
Aquella mañana habíamos entregado la ropa limpia a una familia.
Mientras regresábamos a casa, el viento comenzó a soplar con fuerza.
De pronto vi algo de color rosado que volaba de un lado a otro sobre la calle.
Los carros pasaban y el viento lo levantaba una y otra vez.
Sentí curiosidad.
Corrí unos pasos y logré atraparlo antes de que volviera a salir volando.
Lo observé.
Era un billete.
Lo limpié con cuidado.
Mis ojos se abrieron por la sorpresa.
Eran cincuenta colones.
Miré hacia todos lados.
Esperé varios minutos por si aparecía alguien buscándolo.
Pero nadie llegó.
Corrí hasta donde estaba mi madre.
—¡Mamá, mire lo que encontré!
Ella tomó el billete.
Lo observó unos segundos.
Después me lo devolvió.
—Si esperaste y nadie vino a reclamarlo, úsalo con inteligencia.
Guardé el billete en el bolsillo.
Mientras caminábamos hacia la casa, recordé algo que mi madre y mi padre me habían enseñado desde niña.
Una receta familiar de galletas.
Una receta sencilla...
Pero deliciosa.
En ese momento nació una idea.
Una idea que, sin saberlo, cambiaría para siempre el destino de nuestra familia.
Continuará...Capítulo 2: Un techo prestado (Parte 6)
2002
Aquella noche casi no pude dormir.
Una y otra vez sacaba el billete de cincuenta colones de mi bolsillo y lo observaba.
Era la mayor cantidad de dinero que alguna vez había tenido para mí sola.
Podía comprar ropa.
Podía comprar zapatos.
O simplemente guardarlo.
Pero las palabras de mi madre no dejaban de dar vueltas en mi cabeza.
—Úsalo con inteligencia.
Al amanecer me levanté antes que todos.
Mi madre ya estaba preparando café.
Se dio cuenta de que estaba pensativa.
—¿Qué pasa, hija?
Me senté frente a ella.
—Mamá... ¿se acuerda de las galletas que usted y papá me enseñaron a hacer cuando era pequeña?
Ella sonrió.
—Claro que me acuerdo.
—Quiero venderlas.
Mi madre guardó silencio unos segundos.
Luego sonrió con orgullo.
—Creo que es una buena idea.
En ese momento llegó mi padre.
—¿De qué hablan?
Le conté mi plan.
Él me escuchó atentamente.
Cuando terminé, puso una mano sobre mi hombro.
—Si vas a hacerlo, hazlo bien. Nunca vendas algo que tú misma no comprarías.
Asentí.
Ese consejo quedó grabado para siempre en mi corazón.
Esa misma mañana salimos al mercado.
Compré harina, mantequilla, azúcar, huevos, vainilla y polvo para hornear.
Cuando regresamos a casa, mi madre me ayudó a preparar la primera mezcla.
Yo estaba nerviosa.
Las primeras galletas salieron demasiado duras.
Las siguientes quedaron quemadas.
Algunas se rompían antes de salir del molde.
Suspiré con desánimo.
—Creo que esto no es para mí.
Mi madre sonrió.
—Nadie nace sabiendo, Esperanza. Inténtalo otra vez.
Y lo hice.
Una vez.
Dos veces.
Cinco veces.
Hasta que el aroma comenzó a llenar toda la casa.
Mi padre tomó una galleta recién salida del horno.
La probó lentamente.
Después sonrió.
—Ahora sí.
Estas saben igual que las que hacía tu abuela.
Sentí que el corazón me latía con fuerza.
Al día siguiente coloqué las galletas dentro de una canasta.
Respiré profundo.
Y salí a venderlas.
La primera puerta donde toqué no compró nada.
La segunda tampoco.
En la tercera una señora compró dos bolsas.
—Están muy ricas.
Volveré a comprarte.
Aquellas palabras me llenaron de esperanza.
Durante los siguientes días seguí caminando por las calles.
Casa por casa.
Negocio por negocio.
Con el tiempo comenzaron a reconocerme.
—¡Ya llegó la muchacha de las galletas!
Los niños corrían para comprarme.
Las madres llevaban varias bolsas.
Algunos clientes incluso hacían pedidos para cumpleaños y reuniones familiares.
Todo el dinero que ganaba lo volvía a invertir.
Compraba más ingredientes.
Preparaba más galletas.
Vendía más.
Y así, poco a poco, el negocio comenzó a crecer.
Una tarde mi padre me observó mientras contaba las monedas.
Sonrió orgulloso.
—¿Ves lo que pasa cuando uno trabaja con honestidad?
Yo levanté la vista.
—Sí, papá.
Él me abrazó.
—Este apenas es el comienzo.
Yo todavía no lo sabía...
Pero tenía razón.
Porque aquel pequeño negocio estaba a punto de cambiar mi vida para siempre.
Editado: 28.07.2026