La Deuda De Sangre

Capítulo 6 El peso de la corona de espinas.

El aire se congeló alrededor del árbol de nance. Alejandro soltó el llavero de bronce, que cayó sobre la tierra seca con un tintineo sordo. El triunfo sobre Óscar duró solo unos minutos. El hombre que había creído en nuestra receta luchaba por su vida en un hospital de San Salvador, dejando el proyecto al borde de un abismo desconocido.Miré a Alejandro. El azul de sus ojos zarcos se destiñó por completo. Dio un paso en falso hacia atrás, pisando las hojas secas, y se encorvó. Sus manos ascendieron trémulas hacia el cuello, desabrochándose el segundo botón de la camisa en un gesto desesperado por buscar aire. Quise romper la distancia, pero mis dedos se enredaron en la tela del delantal rústico. Un nudo helado me oprimió las costillas. Recordé el llanto de mi hermanita Sarai a los cinco años y la prisa por meter la vida entera en bolsas de plástico.—Alejandro, tenés que irte ya —la voz de Nehemías rompió la parálisis. Mi hermano dio un paso al frente y le puso una mano pesada en el hombro—. El carro está encendido. Yo te abro el portón. Corre a ver a tu papá.Alejandro recogió el llavero con dedos torpes. Antes de correr hacia el patio delantero, se giró hacia mí. No hubo palabras de despedida, ni contratos de por medio; solo una súplica silenciosa en su mirada que me dolió en el centro del alma.—No te rindas con esto, Esperanza. Mantén el rumbo —pidió, señalando la nave de producción.Lo seguí a paso rápido mientras cruzábamos el pasillo lateral de la planta. Adentro, el zumbido rítmico de las bandas transportadoras continuaba su marcha mecánica y el olor dulce de las galletas flotaba en el aire. Sin embargo, la tensión ya se había filtrado en las líneas de empaque. Don Mauricio, uno de los maestros horneros, se limpió el sudor de la frente con un trapo y me detuvo al paso con evidente nerviosismo.—Señorita Esperanza... andan diciendo que la empresa de la capital se va a declarar en quiebra por la demanda de plagio y que el señor Francisco no va a despertar. Si esto se para, no tenemos ni para el maíz de la semana.Al fondo del pasillo, junto a la mesa de moldes, vi a dos trabajadoras persignarse en silencio frente a una pequeña estampa, murmurando plegarias con los ojos cerrados. El pánico colectivo amenazaba con paralizar los hornos antes de que el sol se ocultara.—Nadie va a parar nada, don Mauricio —respondí, tragándome el nudo de la garganta para sostenerle la mirada—. El señor Francisco está en buenas manos y nosotros seguimos trabajando.Salimos al patio exterior justo cuando el sol comenzaba a teñir el horizonte con un color naranja encendido, cortado por las siluetas negras de las palmeras. Alejandro subió al automóvil gris brillante, el motor rugió con fuerza y los neumáticos avanzaron deprisa contra la grava, dejando una densa cortina de polvo en el camino hacia la carretera. Nehemías arrastró las cadenas del portón con un ruido lúgubre, encajando el candado con saña. Luego, le dio un puñetazo furioso al poste de hierro, maldiciendo entre dientes con la frustración contenida de quien ve su paz amenazada una vez más.En ese instante, d'Aubuisson salió de la oficina a trompicones, sosteniendo el teléfono inalámbrico contra el pecho con una expresión de absoluto desespero.—Esperanza, el banco bloqueó la cuenta operativa de la planta —exclamó, pálido—. Iba a autorizar el pago del camión de harina y me dijeron que la firma de Francisco García está congelada preventivamente por orden de la junta directiva en San Salvador. El proveedor dará la vuelta si no recibe la transferencia en una hora.—Llamá al proveedor, d'Aubuisson. Decile que le pagaré en efectivo con el fondo de caja de esta semana. Que no detenga ese camión por ningún motivo.Mi madre se colocó a mi lado, contemplando la carretera vacía con una fijeza que asustaba.—Ya no es solo la ambición de Óscar, Esperanza —dijo en un murmullo—. Ahora la casa de ellos también está en llamas. Y cuando las casas grandes se queman, las chispas vuelan lejos buscando la paja seca de los pobres para incendiarlo todo de nuevo. Debemos ser más astutos que nunca.Saraí, que había estado escuchando desde la puerta de la cocina con los ojos muy abiertos, dio un paso al frente y me tomó del brazo. Su voz sonó inusualmente firme para sus quince años, despojada de cualquier rastro de timidez:—Yo puedo ayudar a Nehemías a contar el dinero de la caja y organizar los recibos, hermana. No nos vamos a quedar de brazos cruzados esperando el golpe.Mi madre me miró con fijeza. Me tomó de las manos, apretándolas con una fuerza que me transmitió su propia fortaleza. La sutil cicatriz oculta bajo su cabello parecía recordar que el dolor se supera con dignidad, pero la cobardía te condena para siempre.—Entonces asegurate de que tus hornos no dejen de calentar —sentenció—. Alejandro fue a cuidar de su padre, pero a ti te toca cuidar de lo que fundaron aquí. Don Francisco es un hombre fuerte y va a dar pelea en esa camilla; pero necesita saber que su sociedad sigue de pie. Los González no lloramos frente a la leña.Me ajusté las cintas del delantal y regresé a la nave industrial con paso firme. Pasé las siguientes horas junto a mis hermanos en la administración, contando billete por billete para pagar en efectivo al proveedor de harina, acomodando los registros de entrega del alba y calmando a los operarios que miraban el reloj con profunda desconfianza. El esfuerzo físico me ayudaba a mantener a raya los pensamientos que amenazaban con desbordarme.La noche cayó sobre El Palmarcito con una oscuridad aplastante y fría. Mis padres y mis hermanos se retiraron finalmente a la vivienda trasera tras una cena silenciosa, pero yo me encerré en la pequeña oficina de administración. Me senté frente al escritorio de madera, mirando fijamente el teléfono inmóvil, esperando una señal de Alejandro que me dijera que el mundo no se había terminado de romper. El tictac del reloj de pared marcaba las horas de una vigilia interminable.A la medianoche, el aparato interrumpió el silencio con un timbrazo agudo que me hizo dar un respingo. Descolgué de inmediato, sintiendo el corazón golpear con fuerza contra mis costillas.—¿Alejandro? ¿Cómo sigue tu papá? —pregunté, con la respiración contenida.Al otro lado de la línea se escuchó una exhalación lenta, seguida por una voz gélida, pausada y cargada de una superioridad insultante. No era Alejandro, ni era el hospital.—Mi hermano no está en condiciones de hablar de negocios —soltó el hermano mayor de Alejandro, arrastrando las palabras con una seguridad absoluta—. Dado que el proyecto apesta a plagio legal por la demanda de Óscar, mañana a primera hora enviaré a mis auditores a esa planta. Tené los libros contables sobre la mesa y no intentés esconder ni una moneda. Al menor error, yo mismo rescindo esa sociedad.La llamada se cortó con un clic seco, definitivo.Dejé el auricular sobre la base con manos temblorosas, asimilando la fría advertencia. Afuera, el último horno seguía encendido, arrojando un resplandor rojizo contra la ventana de la oficina. Las cajas listas para salir al amanecer permanecían alineadas sobre las tarimas de madera, listas para emprender su recorrido en cuanto despuntara el día. Por primera vez comprendí que el verdadero enemigo ya no estaba afuera... acababa de entrar por la puerta principal del Grupo Monterreal.Pasé el resto de la madrugada en vela. El cansancio físico era una losa pesada, pero la adrenalina me mantenía despierta, ordenando frenéticamente las carpetas de facturas. Nehemías entró a la oficina cuando el reloj marcaba las tres de la mañana. Traía los ojos inyectados en sangre y un termo con café negro que dejó sobre el escritorio sin emitir sonido.—Ya guardé las libretas de apuntes de la abuela en el doble fondo del horno de barro trasero —dijo mi hermano, sentándose en una silla de madera que crujió bajo su peso—. Si esos tipos de San Salvador meten las narices aquí, solo van a encontrar números limpios. Pero sigo pensando que estamos jugando en una cancha marcada por ellos, Esperanza.—Mientras los números cuadren, Nehemías, el contrato nos protege —respondí, dándole un trago largo al café amargo—. El hermano de Alejandro necesita una falta legal para rescindir la sociedad. No se la vamos a dar.A las cinco y media de la mañana, un ruido espeso interrumpió el silencio de la costa. Dos furgonetas negras de cristales blindados cruzaron el sendero de tierra y frenaron de golpe justo frente al andén principal. Del vehículo principal descendió un hombre alto, de cabello canoso y traje oscuro a medida, flanqueado por tres jóvenes que cargaban maletines ejecutivos y computadoras portátiles.Me acomodé el delantal, respiré hondo y salí a recibirlos al patio exterior, flanqueada por Nehemías, quien cruzó los brazos enormes manteniendo una postura desafiante. El viento del amanecer traía un frío húmedo que levantaba el polvo seco del suelo.—Buenos días —dije, sosteniendo la mirada del hombre canoso—. Soy Esperanza González.El hombre no me devolvió el saludo. Sacó una credencial plastificada del bolsillo de su saco y la mostró con desdén.—Soy el licenciado Mendoza, auditor principal enviado por la dirección ejecutiva del Grupo Monterreal —sentenció con una voz monótona y cortante—. Traemos una orden de intervención inmediata para congelar los inventarios y revisar los registros financieros debido a la contingencia legal por plagio. Denos acceso a la oficina y ordene a su personal que apague las máquinas. La producción queda suspendida a partir de este momento.—El contrato de sociedad estipula que la supervisión técnica y operativa de la planta me pertenece exclusivamente a mí —respondí, dando un paso al frente de inmediato, sintiendo cómo la sangre me hervía pero forzando una calma absoluta—. Pueden revisar los libros contables en la mesa de administración, pero la línea de producción no se detiene por una orden de auditoría externa. Las galletas van a salir hoy.Mendoza arqueó una ceja, mostrando una sonrisa gélida llena de arrogancia corporativa. Hizo una sutil señal con la mano derecha hacia una de las furgonetas traseras. La puerta corrediza se abrió y un hombre de traje gris claro bajó despacio del vehículo.Sentí un vuelco violento en el estómago. Observé sus movimientos pausados mientras se acomodaba los anteojos oscuros; había algo profundamente familiar en la rigidez de sus hombros y en la forma altiva en que levantaba la barbilla. A mi lado, Nehemías apretó los puños con tanta fuerza que los tendones de sus brazos se marcaron bajo la piel. El aire pareció desaparecer por completo del patio.Era mi tío Óscar.Avanzó a paso lento por la grava, saboreando mi parálisis con una sonrisa apenas perceptible. Se detuvo a dos metros de nosotros y se quitó los anteojos con parsimonia.—Las cosas cambiaron esta madrugada, sobrina —soltó Óscar, con una calma que me erizó la piel—. Ya no estás negociando con Alejandro. Dentro de poco esa receta dejará de pertenecerte. Y esta fábrica... también.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.