La deuda de sangre

Capítulo 9 parte 2: El peso de las palabras y el silencio del camino

La velada transcurría con una serenidad que durante años pareció un privilegio inalcanzable. La brisa fresca del anochecer soplaba sobre la terraza de la casa de Sonsonate, donde diez personas nos reuníamos alrededor de la mesa de madera de teca. De un lado se encontraba la familia González: mi padre Humberto, mi madre María, mis hermanos Nehemías y Saraí, y yo. Del otro, la familia García: don Francisco, su esposa doña Elena, su hija menor Valeria y Alejandro. En el centro de nuestras vidas, durmiendo pacíficamente en los brazos de su padre, descansaba la pequeña Elena.

Los aromas de la cena todavía flotaban en el ambiente: el pescado deshuesado al horno, los plátanos maduros fritos en mantequilla y el inconfundible tufo a leña con el que mi madre insistía en sazonar cada platillo. Don Francisco, aún en proceso de rehabilitación tras la cirugía coronaria pero con una postura erguida que se apoyaba en un bastón de madera tallada, se aclaró la garganta y golpeó suavemente su copa de cristal con la punta de una cuchara de plata.

—Si me lo permiten —comenzó don Francisco, alzando la vista hacia mi padre—, quisiera expresar un reconocimiento sincero. Esta alianza entre los García y los González no solo rescató una visión empresarial; redefinió el verdadero criterio de honor de nuestra familia. A Humberto, a María y a Esperanza: gracias por la firmeza de su carácter. Sin ustedes, hoy no estaríamos aquí.

El choque de las copas selló un acuerdo implícito de respeto mutuo. Mi madre sonrió con pudor, secándose las manos en las esquinas de su delantal, mientras mi padre asentía con la solemnidad de quien ha trabajado la tierra toda la vida. Alejandro, sentado a mi lado, estiró la mano por debajo del mantel y rozó mis dedos con una brevedad afectuosa pero sutil, transmitiéndome una calma reconfortante.

Cerca de la barandilla de la terraza, Valeria intentaba entablar conversación sobre las nuevas tendencias de diseño para los empaques de la zona oriental.

—Nehemías, estuve revisando los bocetos para los camiones de reparto —comentó Valeria con entusiasmo, buscando su mirada—. Creo que podríamos usar un tono arcilla más brillante para que destaque en las carreteras. ¿Qué opinás?

Nehemías, de pie contra la columna de madera con los brazos cruzados sobre el pecho, la observó durante un par de segundos en absoluto silencio. Sus rasgos toscos y su postura rígida no cedieron ni un milímetro.

—El color que tenemos ya se ve de lejos —respondió Nehemías con voz seca y desprovista de cortesía—. La gente busca el producto por lo que trae adentro, no por el brillo de la lata.

Se sirvió un vaso de agua de la jarra sobre la credenza, ignorando la mirada descolocada de Valeria, y caminó lentamente hacia el extremo opuesto de la terraza para sentarse al lado de mi padre. Nehemías no olvidaba que llevaba la sangre de los García, y aunque respetaba a don Francisco, su desconfianza hacia el entorno acomodado de la capital seguía siendo una grieta difícil de cerrar.

Poco después, la reunión se dividió de manera natural. Mis padres se acomodaron en los sillones de mimbre junto a don Francisco y doña Elena. Hablaban con pausa sobre los viejos tiempos en el campo, las diferencias de clima entre San Salvador y la costa, y el milagro de ver a don Francisco recuperando las fuerzas día con día.

En el corredor lateral, Alejandro se había sentado sobre una alfombra rústica para jugar con la pequeña Elena. La niña, con apenas unos meses de nacida, soltaba pequeñas risitas mientras Alejandro le mostrabas un sonajero de madera, haciendo muecas divertidas que me hacían sonreír desde lejos. Me acerqué un momento, me agaché a su lado y le acomodé la cobija a la bebé. Alejandro me miró con sus intensos ojos zarcos iluminados por la luz cálida de los faroles.

—Tiene la misma mirada curiosa tuya —murmuró Alejandro, besándome la mejilla antes de tomar la mano de la niña—. Se queda viendo las luces como si estuviera calculando la logística de la planta.

—Alguien en esta casa tiene que mantener el orden —bromeé con suavidad, rozando la frente de mi hija.

—Andá a revisar tus documentos, Esperanza. Sé que tenés la cabeza metida en los números de la expansión. Yo me quedo cuidando a la jefa de la casa.

Le agradecí con una mirada y me retiré al pequeño estudio adosado a la sala principal. Sobre el escritorio de caoba se acumulaban las carpetas de la Corporación Volterra: los informes de costos de transporte, las facturas de la harina de trigo para el próximo trimestre y la revisión de proveedores para la zona de Santa Ana. Sumida entre números y firmas, el tiempo transcurrió sin que me diera cuenta.

Fue el tictac del reloj de pared el que me hizo volver a la realidad cuando marcaba cerca de las nueve de la noche. Me levanté de la silla, me estiré un poco y salí hacia la terraza. Saraí ya no estaba en su asiento.

—¿Dónde está Saraí? —pregunté, acercándome a mi madre, quien recogía las tazas de café.

—Salió hace un rato, hija —respondió mi mamá—. Dijo que iba a entregarle unas carpetas de la universidad a una compañera que la esperaba en el punto comercial de la entrada de Sonsonate.

—Es algo tarde para andar afuera sola —observé, frunciendo el ceño—. La carretera se pone oscura.

—Le dije que Nehemías la acompañara, pero insistió en que era sobre la avenida principal, donde está la gasolinera grande e iluminada. Dijo que regresaba antes de servir el postre.

La explicación tenía lógica, pero al mirar hacia el gran ventanal del frente, la calle de acceso permanecía desierta. El trayecto ida y vuelta a la entrada del pueblo no tomaba más de quince minutos en el vehículo pequeño. Ya había pasado casi una hora.

Me acerqué a Alejandro, quien acababa de acostar a la bebé en su cuna de viaje.

—¿No ha llamado Saraí? —pregunté en voz baja.

—No que yo sepa —respondió Alejandro, notando mi inquietud de inmediato—. ¿Todavía no viene?




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