La deuda de sangre

Capítulo 9 parte 3 La llama en la penumbra

El rugido del motor de la camioneta se perdió en la distancia, dejando la casa envuelta en un silencio pesado que parecía aplastar las paredes del corredor. En la sala principal, los señores García y mis padres permanecían sentados en los sillones de mimbre, intentando mantener una conversación pausada para aplacar la zozobra; sin embargo, la tensión acumulada en el ambiente hacía que cada respiro doliera. Doña Elena me miraba de reojo con infinita compasión mientras mecía despacio el cochecito donde la pequeña Elena dormía, ajena por completo al peligro que rodeaba a la familia. A su lado, don Francisco apretaba la empuñadura de plata de su bastón con nudillos blancos, atento a cualquier crujido que viniera de la calle.

Incapaz de quedarme de pie en la terraza, caminé a pasos rápidos hacia la cocina para buscar un poco de aire. Me serví un vaso de agua con manos temblorosas, pero al intentar beber, el líquido me supo amargo en la garganta. Cada segundo dictado por el reloj de pared resonaba como un martillazo.

Pasaron cuarenta minutos agónicos hasta que el chasquido de la grava en el patio delantero anunció el regreso del vehículo de trabajo. Salí casi corriendo hacia la entrada, seguida por la mirada angustiada de mi madre. Alejandro y Nehemías bajaron de la camioneta con el rostro contraído por una mezcla de rabia e impotencia.

—¿Encontraron algo? —pregunté, aunque la respuesta ya la llevaba escrita Alejandro en la rigidez de sus hombros.

—Fuimos hasta la estación de servicio que está en la entrada del pueblo, Esperanza —explicó Alejandro, acercándose para tomarme con firmeza por los brazos—. Hablé con el empleado del turno nocturno. Me confirmó que vio el automóvil azul de Saraí estacionado allí apenas unos diez minutos. Dice que un sujeto se aproximó a la ventanilla a pedir ayuda y que, de inmediato, el vehículo arrancó a toda prisa con rumbo hacia la carretera vieja que rodea los cañales.

—Encontramos el carro tirado a un lado del camino, a dos kilómetros de aquí —intervino Nehemías con la voz áspera y raspada por el coraje—. Estaba varado entre la maleza, con las luces encendidas y las puertas abiertas de par en par. El teléfono de Saraí quedó en el suelo del lado del copiloto, completamente destruido a taconazos para que no pudiéramos rastrear la señal.

Mi madre soltó un lamento ahogado desde el umbral de la puerta y se cubrió el rostro con las manos. Mi padre Humberto se levantó del asiento de golpe, apretando los dientes y fijando la mirada en el suelo con profunda desesperación.

—Se la llevaron —musitó mi mamá entre sollozos—. Dios santo, mi muchachita...

—Hay que avisar a las delegaciones de inmediato —declaró don Francisco, intentando ponerse en pie con esfuerzo apoyado en su bastón—. Conozco al jefe de la Policía Nacional en la capital. Puedo mover influencias para que desplieguen retenes en las salidas del departamento antes de que se internen en la cordillera.

—No —interrumpió Nehemías, dando un paso al frente con los ojos desorbitados por el enojo—. Si metemos patrullas con sirenas y luces por esos caminos de tierra, esos criminales se van a asustar. A saber en qué galpón o en qué finca la tienen metida. Un movimiento en falso y la pagará Saraí.

—Nehemías tiene razón, don Francisco —coincidió Alejandro, manteniendo la templanza a pesar del tono sombrío de sus palabras—. La persona que ejecutó esto no quería el coche ni las pertenencias de Saraí. Venían a buscarla a ella. Es un ataque directo contra nosotros.

El llanto de mi madre y los murmullos de consuelo de doña Elena volvieron el aire del pasillo denso e insoportable. Necesitada de espacio para pensar, caminé hacia el pequeño despacho adosado a la sala, donde reposaban los archivos de la empresa. Los pasos firmes de Alejandro me siguieron de cerca.

—Esperanza, mírame —pidió él con ternura, rodeándome el rostro con las manos para obligarme a fijar los ojos en los suyos—. La vamos a encontrar. Te lo prometo. Esta vez no estamos solos ni desarmados como hace años.

—No entiendo nada, Alejandro... —murmuré, sintiendo que un nudo de amargura me cerraba el pecho—. Pensé que ya habíamos pagado todas las deudas del pasado. Pensé que habíamos construido una vida tranquila para la niña y para todos.

Antes de que Alejandro pudiera responder, el teléfono fijo sobre el escritorio de caoba repicó con un timbre estruendoso.

El sonido metálico atravesó la casa como una descarga eléctrica. Nadie se movió durante el primer segundo. El silencio en la sala se volvió absoluto, congelado por la incertidumbre. Al segundo timbre, caminé decidida hacia el escritorio. Alejandro se colocó a mi lado y presionó la tecla del altavoz con dedos seguros antes de que yo levantara el auricular.

—¿Hola? —dije, tratando de sostener la respiración.

Al otro lado de la línea no se escucharon gritos, ni ruidos de motores, ni interferencia de radio. Solo se percibía una respiración pausada, metódica y calculada que me congeló la sangre instantáneamente.

—Buenas noches, Esperanza —resonó una voz gélida, profunda y desprovista de la más mínima compasión—. Supongo que a estas alturas ya notaste que la mesa de tu cena familiar se quedó con una silla vacía.

Apreté el auricular contra mi oído con una fuerza rabiosa.

—¿Dónde está mi hermana? —exigí, haciendo un esfuerzo sobrehumano para que la voz no me temblara—. Decime qué le hiciste a Saraí, Óscar.

Una risa corta y seca, cargada de un rencor añejado, se filtró por el parlante del teléfono.

—Ahorrate los dramas familiares, sobrina —respondió Óscar con una calma repulsiva—. Tu hermana está con vida... por ahora. Tiene techo, sombra y la tranquilidad de saber que su salud depende exclusivamente de la prudencia con la que vos actúes durante las próximas cuarenta y ocho horas.

—Escuchame bien, Óscar —intervino Alejandro, pegándose al micrófono con tono severo—. Si le tocás un solo cabello a Saraí, te juro que no vas a tener un rincón en este país para esconderte. Los tribunales y la justicia...




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