Sentada en la orilla de la cama, sentía que el aire dentro de mi cuarto pesaba una tontería. La casa estaba sumida en un silencio horrible, de esos pesados y densos que te hacen doler las sienes de tanto darles vueltas a las cosas. Mi mamá y mi papá estaban sentados conmigo en la orilla de la cama, abrazándome con fuerza y tratando de darme ánimos en medio de la penumbra.
—Tranquila, mi niña —me decía mi papá con la voz temblorosa, sobándome la espalda con sus manos trabajadas—. Nehemías y Alejandro son muchachos listos. Van a encontrar a tu hermana y van a volver sanos y salvos, vas a ver que sí.
—Tu papá tiene razón, Esperanza —añadió mi mamá secándome una lágrima con el pulgar—. Hay que tener fe en Dios. Ellos dos no están solos y Saraí va a regresar a esta casa.
Pero yo era incapaz de tranquilizarme o cerrar los ojos aunque fuera un segundo. Tenía un nudo helado en la boca del estómago que no me dejaba en paz, una zozobra punzante que me quemaba por dentro y me hacía sentir que el pecho se me aplastaba cada vez más.
Miré la pantalla brillante de mi celular en la oscuridad: las dos y media de la mañana.
El plan que organizamos con Alejandro y Nehemías antes de que salieran de la casa estaba bien marcado. Mi hermano Nehemías iba manejando su carro porque él se conocía esa carretera hacia el occidente al derecho y al revés, con todos sus baches, tragantes y curvas tramposas. Alejandro iba a su lado en el asiento del copiloto, revisando el mapa en la tableta y coordinando las llamadas con sus contactos para ubicar la propiedad aislada en la que el desgraciado de mi tío Óscar tenía encerrada a mi hermana. Me habían prometido de forma muy seria, mirándome a los ojos, que en cuanto estuvieran cerca de la entrada a la zona de La Hachadura me mandarían un mensaje rápido o un audio corto para avisarme que habían llegado bien y sin novedad.
Pero no me llegó nada. Ni un solo mensaje de texto. Nada de nada.
Agarré el teléfono con las manos temblando de puros nervios y le marqué directamente al número de Nehemías. El tono comenzó a sonar en mi oído... una vez... dos veces... tres veces... y de un solo golpe la llamada se cortó y me mandó al buzón de voz.
—Vamos, Nehe, contesta por favor... no me hagas esto ahora —murmuré apretando el aparato con fuerza contra mi oreja, sintiendo cómo el corazón me latía tan duro que lo escuchaba retumbar en mi propia garganta.
Nada. Volví a marcar enseguida, repitiendo el marcado rápido sin pensar, pero esta vez la voz metálica de la contestadora me soltó de entrada que el teléfono estaba fuera de área o simplemente apagado. Se me heló la sangre por completo. Le marqué al número de Alejandro de inmediato, esperando que él sí tuviera señal, pero fue exactamente la misma historia desgarradora: la llamada ni siquiera entraba, cayendo directo en el vacío de la red.
Un escalofrío terrible me recorrió toda la espalda desde la nuca hasta los pies. En ese preciso instante lo supe con una certeza escalofriante. No necesitaba ver nada para entenderlo. Sentí en lo más profundo del pecho que algo muy grave, algo verdaderamente terrible, les había pasado a mitad de esa carretera solitaria.
Lo que yo no tenía forma de saber en ese momento, mientras caminaba de un lado a otro desesperada en la penumbra del pasillo, era la trampa cobarde y fría que mi tío Óscar les había tendido desde antes de que salieran del pueblo. Unas horas atrás, cuando Nehemías y Alejandro se detuvieron un momento en una gasolinera a la salida de la ruta para cargar tanque y comprar agua, un sujeto enviado por Óscar se les pegó por detrás actuando en las sombras. Aprovechando que bajaron un segundo a pagar, el tipo se deslizó debajo del chasís y, sin que ninguno de los dos lo notara, usó un alicate de presión para cortar y picar los tubos del líquido de frenos del vehículo. El plan del tío era fríamente calculado y sangriento: asegurarse a toda costa de que mi hermano y Alejandro nunca pusieran un pie en la frontera para rescatar a Saraí.
A esas mismas horas de la madrugada, en una bajada larguísima, oscura y llena de curvas cerradas antes de llegar al desvío de La Hachadura, la tragedia se desencadenó sin piedad. Nehemías metió el pie al freno con todas sus fuerzas al divisar un giro peligroso e imprevisto hacia la izquierda, pero el pedal se hundió de golpe hasta el fondo del piso sin oponer la menor resistencia, completamente suave y flojo.
—¡No hay frenos, Alejandro! ¡Se fueron los frenos completamente! —alcanzó a gritar mi hermano entrando en pánico total, intentando meter marchas bajas a la fuerza para aguantar el impulso de la máquina y aferrándose al volante con los nudillos blancos para no salir volando de la vía.
El vehículo iba bajando demasiado rápido por la pendiente pronunciada. Sin pensarlo dos veces, Nehemías jaló la palanca del freno de mano como última alternativa desesperada de supervivencia, pero las ruedas traseras se amarraron en seco sobre el asfalto mojado por la neblina. El carro derrapó sin control alguno, dando bandazos de un lado a otro, chocó violentamente de costado contra la barrera metálica de contención que se dobló como si fuera de papel, y terminó dando varias vueltas de campana en el aire hasta quedar volcado de lado, completamente aplastado contra un paredón gigante de piedras a la orilla de la cuneta. Todo ocurrió en cuestión de escasos y aterradores segundos, en medio de un estruendo metálico seco que apagó el sonido de la noche.
En la casa, la desesperación me terminó de ganar. Salí al corredor del patio buscando aunque fuera una rayita de señal de red, sintiendo que la garganta se me cerraba por la angustia y que me faltaba el aire por completo. La luz azul de la pantalla iluminaba mi cara llena de lágrimas en medio de la oscuridad de la madrugada. Volví a presionar frenéticamente el botón de llamar al número de Nehemías, rogándole a Dios en silencio, entre sollozos, que fuera solo un fallo momentáneo de las torres de cobertura de esa zona rural.