La deuda de sangre

Capítulo 9.5 Entre la vida y el juicio

​El viaje hasta el hospital fue una pesadilla de minutos eternos. El carro iba chillando en cada curva y los sollozos de mi mamá retumbaban en el asiento de atrás, apretándome el corazón. Al llegar al Hospital Nacional de Sonsonate, entramos corriendo por la puerta de urgencias. El olor a antiséptico te pegaba directo en la nariz y el pitido constante de los monitores hacía que el aire se sintiera pesadísimo, casi imposible de respirar. Con la pequeña Elena dormida en mis brazos y mis papás deshechos en llanto, vi salir a un médico desde la zona de quirófanos; tenía la cara cansada y la bata manchada de azul.

​—¿Familiares del joven Alejandro García y de Nehemías González? —preguntó, quitándose el tapabocas.

​—Sí, doctor, yo soy la esposa de Alejandro y hermana de Nehemías —dije dando un paso al frente con la voz cortada y las piernas temblándome—. Dígame cómo están, por favor.

​—Mucho gusto, soy el doctor Juan Torres, médico cirujano a cargo —se presentó con tono grave—. La situación con ambos es muy delicada. El joven Nehemías tiene varios golpes en el abdomen y varias costillas fracturadas que ya estamos estabilizando. Sin embargo, el caso de su esposo, Alejandro, es el más grave.

​El doctor Torres revisó la página del expediente en su tabla antes de mirarme a los ojos.

​—Alejandro sufrió un golpe en la cabeza sumamente fuerte. Durante el choque, un pedazo de vidrio le atravesó el cráneo y quedó alojado adentro. Eso causó un sangrado interno muy severo y una infección grave que está generando muchísima presión en el cerebro. La inflamación es crítica. Necesitamos meterlo a quirófano de inmediato para operarlo, retirar el vidrio y liberar la presión antes de que haya un daño irreversible.

​—Doctor Torres, se lo suplico —le rogué con lágrimas en los ojos y sintiendo un nudo en la garganta—, déjeme verlo aunque sea un minuto antes de que lo entren a quirófano.

​—Tiene tres minutos, señora García. No más que eso.

​Antes de meterme al cubículo, saqué el teléfono con las manos temblándome del puro miedo y le marqué al número de don Francisco García, el papá de Alejandro.

​—¿Esperanza? ¿Qué pasó, hija? ¿Dónde están? —contestó don Francisco al primer tono, con la voz llena de angustia.

​—Don Francisco... ocurrió una tragedia —dije tratando de contener el llanto que me ahogaba—. Sabotearon la camioneta de Nehemías. Los frenos no respondieron en la bajada hacia La Hachadura y se volcaron. Estamos en el Hospital Nacional de Sonsonate... a Alejandro lo van a operar de urgencia del cerebro.

​Al otro lado de la línea se escuchó un grito desgarrador de doña Elena, la mamá de Alejandro, que estaba a la par de él.

​—¡Dios mío, mi hijo no! —se escuchó decir a doña Elena entre sollozos en el fondo—. ¡Francisco, por Dios, vámonos ya para Sonsonate! ¡Esperanza, cuidámelo, no dejés que le pase nada a mi muchacho!

​—Vamos saliendo de inmediato con Elena y Valeria, Esperanza —afirmó don Francisco, tratando de mantener la entereza a pesar de que la voz se le quebraba feo—. Mantengan la calma, voy a mover todos mis contactos de la capital.

​Al colgar, me acerqué a la camilla donde tenían a Alejandro. Tenía vendas sangrantes en la cabeza y un monitor marcando sus pulsaciones con un pitido rápido. Le tomé la mano con suavidad. Al sentir mi contacto, abrió lentamente los ojos, mostrando sus intensos ojos zarcos opacados por el dolor.

​—Esperanza... —murmuró con la voz muy débil.

​—Aquí estoy, mi amor, no hables —dije besándole la frente—. El doctor Juan Torres te va a operar y vas a salir bien de esto, te lo prometo.

​—Escuchame... —insistió Alejandro apretándome los dedos con las pocas fuerzas que le quedaban—. No fue un fallo mecánico... cortaron los frenos. Óscar estuvo detrás de esto... Cuidá a la niña y a tus papás...

​—No te preocupes por eso ahora, Alejandro. Peleá por tu vida, que te necesitamos aquí —le supliqué mientras los enfermeros lo trasladaban hacia el quirófano a toda prisa.

​Desde la puerta, mi mamá María se cubría la cara con el delantal mientras mi papá Humberto intentaba sostenerla.

​—¡Señor de la Misericordia, dale fuerzas a ese muchacho! —oraba mi mamá María entre sollozos—. ¡No nos quités a Alejandro, Dios mío, mirá a su hijita tan tierna!

​—Tené fe, María, tené fe —le decía mi papá Humberto con la voz quebrada, apretando los puños con rabia e impotencia—. Ese muchacho es fuerte. Dios no nos va a abandonar en esta hora tan negra.

​Las puertas dobles del quirófano se cerraron con un golpe seco, dejándome sola en el pasillo con mi hija en brazos y la cuenta regresiva del chantaje encima de mis hombros.

​Mientras tanto, en un punto completamente aislado de la zona fronteriza, la oscuridad comenzaba a ceder paso a la penumbra de la madrugada.

​Saraí abrió los ojos lentamente. Sentía un dolor punzante en la nuca y la boca completamente seca, con un sabor metálico a sangre. Al intentar moverse, descubrió con horror que estaba atada de pies y manos con cuerdas gruesas a una silla de madera, dentro de una cabaña húmeda y abandonada que olía a encierro y tierra mojada.

​Unos pasos pesados resonaron sobre el suelo de madera. De entre las sombras emergió la figura de Óscar, sosteniendo un cigarrillo encendido que soltaba un humo denso.

​—Vaya, vaya... por fin despierta la consentida de la familia —dijo Óscar con una sonrisa burlesca y fría, acercándose despacio—. ¿Te gusta el alojamiento, Saraí?

​Saraí intentó zafarse desesperadamente, sintiendo la cuerda áspera lastimándole las muñecas. El pánico inicial se transformó rápidamente en una rabia ardiente al reconocer al hombre que tanto daño le había hecho a su familia.

​—¿Dónde están mis hermanos? —exigió Saraí con la voz firme a pesar del miedo—. ¡Sos un cobarde, Óscar! ¡Soltame!

​—Tus hermanos a estas horas deben estar metidos en una lata de metal al fondo de un barranco —respondió Óscar acercando su rostro a pocos centímetros del de ella—. Y tu hermanita Esperanza no va a tener más opción que entregarme hasta el último centavo del Grupo Volterra si quiere volver a ver tu carita de niña buena.




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