El sonido del teléfono rompió el silencio de la pequeña cocina.
Alina Torres miró la pantalla con el ceño fruncido. Era el tercer número desconocido que llamaba esa mañana.
Respiró hondo antes de contestar.
—¿Hola?
—¿La señorita Alina Torres? —preguntó una voz fría al otro lado de la línea.
—Sí, soy yo.
Hubo un breve silencio.
—La llamamos respecto a la deuda de su padre.
El estómago de Alina se tensó.
Cada vez que escuchaba esas palabras sentía que el mundo se volvía un poco más pesado.
—Ya les expliqué que no tengo ese dinero —respondió intentando mantener la calma.
—La deuda asciende a quinientos mil dólares —continuó el hombre como si no la hubiera escuchado—. Si no se paga en las próximas semanas, procederemos con acciones legales y embargo de propiedades.
Alina cerró los ojos.
La casa.
Era lo único que le quedaba de su padre.
—Por favor… —murmuró— denme más tiempo.
—Lo siento, señorita Torres. El plazo ya se ha extendido demasiado.
La llamada terminó.
Alina dejó el teléfono sobre la mesa con manos temblorosas.
Quinientos mil dólares.
Era una cifra imposible.
Había trabajado en dos empleos desde que su padre murió, pero ni en diez años podría reunir algo así.
La puerta de la casa sonó de repente.
Alina frunció el ceño.
No esperaba a nadie.
Caminó lentamente hacia la entrada y abrió.
Un hombre vestido con un elegante traje oscuro estaba parado frente a la puerta.
Alto.
Seguro de sí mismo.
Y con una mirada tan intensa que la dejó momentáneamente sin palabras.
—¿Alina Torres? —preguntó él.
Ella asintió.
—¿Quién es usted?
El hombre dio un paso adelante.
—Mi nombre es Sebastián Valverde.
El apellido le sonó familiar.
Pero no logró recordar de dónde.
—¿Qué quiere?
Sebastián sacó un documento de su portafolio.
—La deuda de su padre.
El corazón de Alina dio un salto.
—¿Qué pasa con ella?
Sebastián la observó con calma.
—Ahora me pertenece.
El mundo pareció detenerse por un segundo.
—¿Qué…?
—Compré la deuda esta mañana.
Alina lo miró incrédula.
—¿Por qué haría algo así?
Sebastián sonrió ligeramente.
Pero no era una sonrisa amable.
Era la sonrisa de alguien acostumbrado a ganar.
—Porque tengo una propuesta para usted.