La deuda del millonario

¿Oferta?

Alina dudó antes de dejarlo entrar.

Algo en ese hombre la ponía nerviosa.

Pero también sabía que probablemente era su única oportunidad de entender lo que estaba pasando.

Sebastián observó la casa con calma.

Era pequeña.

Sencilla.

Nada que ver con los lugares a los que estaba acostumbrado.

—Así que… —dijo Alina cruzándose de brazos— compró la deuda de mi padre.

—Correcto.

—¿Para qué?

Sebastián apoyó los documentos sobre la mesa.

—Quinientos mil dólares.

Alina sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

—No tengo ese dinero.

—Lo sé.

Él la miró fijamente.

—Por eso estoy aquí.

Alina frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Sebastián caminó lentamente por la sala.

—Necesito mejorar mi imagen pública.

—¿Qué tiene que ver eso conmigo?

Él se detuvo frente a ella.

—Mucho.

Sus ojos oscuros parecían analizar cada una de sus reacciones.

—Mi empresa está a punto de cerrar un acuerdo muy importante con inversionistas internacionales —explicó—. Pero ellos prefieren trabajar con alguien… estable.

Alina levantó una ceja.

—¿Estable?

Sebastián suspiró.

—Digamos que mi reputación no es exactamente la de un hombre comprometido.

Alina empezó a entender.

Y cuando lo hizo, lo miró como si estuviera loco.

—No.

Sebastián arqueó una ceja.

—Aún no he terminado.

—No necesito escuchar más.

—Le ofrezco cancelar completamente la deuda.

Alina se quedó congelada.

—¿Qué?

—Quinientos mil dólares —repitió él con calma— desaparecen.

El silencio llenó la habitación.

—¿A cambio de qué?

Sebastián dio un paso más cerca.

—De que se convierta en mi prometida durante seis meses.

Alina lo miró como si no pudiera creer lo que estaba escuchando.

—Eso es ridículo.

—Es un contrato.

—Es una locura.

Sebastián inclinó ligeramente la cabeza.

—Tal vez.

Luego su voz se volvió más baja.

Más peligrosa.

—Pero también es la única forma de que conserve esta casa.

El corazón de Alina latía con fuerza.

Seis meses fingiendo ser la prometida de un millonario arrogante.

Era absurdo.

Pero perder la casa… no era una opción.

Sebastián tomó una pluma del bolsillo.

—Piénselo bien, Alina.

Colocó el contrato sobre la mesa.

—Porque cuando firme esto…

La miró directamente a los ojos.

—Su vida cambiará por completo.




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