El silencio en la sala era tan pesado que Alina podía escuchar el latido acelerado de su propio corazón.
El contrato estaba sobre la mesa.
Y también la pluma.
Sebastián permanecía de pie frente a ella, observándola con una calma que la desesperaba.
—No entiendo por qué yo —dijo finalmente Alina.
Sebastián se encogió ligeramente de hombros.
—Porque eres perfecta para lo que necesito.
—No me conoces.
—He investigado lo suficiente.
Alina frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Sebastián caminó lentamente por la sala.
—Eres responsable. No tienes escándalos. No tienes deudas… aparte de esta —dijo señalando el contrato—. Y además…
Sus ojos se detuvieron en ella.
—La gente confiaría en alguien como tú.
Alina cruzó los brazos.
—¿Y qué pasa si me niego?
Sebastián no dudó ni un segundo.
—Entonces la deuda seguirá siendo tuya.
Las palabras cayeron como un golpe.
Alina miró el contrato nuevamente.
Quinientos mil dólares.
Una cifra que jamás podría pagar.
—¿Seis meses? —preguntó en voz baja.
—Seis meses.
—¿Y después?
—Cada uno sigue con su vida.
Alina levantó la mirada.
—¿Y no hay… otras condiciones?
Sebastián sonrió apenas.
—Solo una regla importante.
Ella esperó.
—No enamorarse.
Alina soltó una pequeña risa incrédula.
—Créeme, eso no será un problema.
Sebastián deslizó la pluma hacia ella.
—Entonces firma.
Alina dudó unos segundos.
Luego tomó la pluma.
Y firmó.