La casa de Sebastián Valverde era más grande de lo que Alina había imaginado.
Mucho más.
El automóvil negro se detuvo frente a una enorme mansión rodeada de jardines perfectamente cuidados.
Alina bajó del coche lentamente.
—¿Vives aquí?
Sebastián salió del auto con naturalidad.
—Sí.
Alina miró la casa nuevamente.
—Esto es ridículo.
Sebastián abrió la puerta principal.
—Bienvenida a tu nuevo hogar… por los próximos seis meses.
El interior era aún más impresionante.
Pisos de mármol.
Ventanas enormes.
Candelabros brillando sobre sus cabezas.
Alina se sentía completamente fuera de lugar.
—Tu habitación está arriba —dijo Sebastián.
—¿Mi habitación?
—No compartiremos cuarto.
Alina levantó una ceja.
—¿Pensabas que lo haríamos?
Sebastián sonrió ligeramente.
—No todavía.
Alina sintió calor subir a sus mejillas.
—Eres imposible.
—Y tú firmaste el contrato.