Aquella noche estaban sentados en el despacho de Sebastián.
El contrato estaba nuevamente sobre la mesa.
Pero ahora había una lista de reglas.
—Primera regla —dijo Sebastián—: en público somos una pareja feliz.
—¿Incluso si no lo somos?
—Especialmente si no lo somos.
Alina rodó los ojos.
—¿Qué más?
—Segunda regla: asistirás conmigo a eventos sociales.
—Odio las fiestas.
—Aprenderás a soportarlas.
Alina suspiró.
—Continúa.
Sebastián levantó la mirada.
—Tercera regla.
Hubo un pequeño silencio.
—No mentirme.
Alina lo miró.
—¿Y tú?
—Yo tampoco mentiré.
—Eso lo dudo.
Sebastián se acercó un poco más.
—¿Quieres agregar una regla?
Alina lo pensó un segundo.
—Sí.
—¿Cuál?
Ella lo miró directamente a los ojos.
—No intentarás seducirme.
Sebastián soltó una pequeña risa.
—Eso depende.
—¿De qué?
—De cuánto tiempo tardes en cambiar de opinión.
El corazón de Alina latió más rápido.
Pero se negó a demostrarlo.
—Eso nunca va a pasar.
Sebastián se inclinó ligeramente hacia ella.
—Veremos.