Alina se miró en el espejo por quinta vez.
El vestido negro que Sebastián había enviado para ella se ajustaba perfectamente a su cuerpo.
Demasiado perfectamente.
—Esto es ridículo… —murmuró.
En ese momento alguien llamó a la puerta.
—¿Lista? —preguntó la voz grave de Sebastián desde el otro lado.
Alina abrió.
Sebastián se quedó en silencio durante unos segundos.
Sus ojos recorrieron lentamente su figura.
—Vaya… —dijo finalmente.
—No digas nada —respondió Alina rápidamente.
—No pensaba hacerlo.
Sebastián le ofreció el brazo.
—Pero ahora entiendo por qué todos van a creer que somos pareja.
Alina tomó su brazo con nerviosismo.
—Solo recuerda que esto es una mentira.
Sebastián sonrió ligeramente.
—Las mentiras más peligrosas son las que parecen reales.
La fiesta estaba llena de empresarios y personas influyentes.
Luces brillantes.
Música suave.
Champaña.
Sebastián puso una mano firme en la cintura de Alina.
—Relájate —susurró cerca de su oído—. Todos nos están mirando.
Alina sintió un pequeño escalofrío.
—Eso no ayuda.
—Entonces sonríe.
Ella lo hizo.
Y durante un momento, pareció que todo era real.