Alina estaba sola cerca de la mesa de bebidas cuando un hombre se acercó.
Alto.
Elegante.
Y con una sonrisa encantadora.
—No te había visto antes —dijo él.
—Soy nueva en estas fiestas.
—Eso explica muchas cosas.
Alina frunció el ceño.
—¿Qué cosas?
—Que seas la única persona aquí que parece… real.
Alina soltó una pequeña risa.
—Eso es un cumplido extraño.
—Soy Daniel Ortega.
—Alina.
Daniel sonrió.
—Encantado.
Conversaron unos minutos.
Demasiado cómodos.
Demasiado cercanos.
Y desde el otro lado del salón…
Sebastián observaba.
Su mandíbula estaba tensa.
Sus ojos no se apartaban de ellos.