Alina no durmió esa noche.
El beso seguía repitiéndose en su mente una y otra vez.
Había sido intenso.
Demasiado real.
Y eso era justamente el problema.
Se levantó temprano y bajó a la cocina intentando evitar a Sebastián.
Pero cuando entró…
Él ya estaba ahí.
Sentado tranquilamente con una taza de café.
—Buenos días —dijo él con naturalidad.
Alina evitó mirarlo.
—No fue buena idea.
Sebastián levantó una ceja.
—¿Qué cosa?
—El beso.
Sebastián dejó la taza sobre la mesa.
—No parecía que te molestara anoche.
Alina lo miró finalmente.
—Esto es un contrato.
—Lo sé.
—Entonces debemos comportarnos como tal.
Sebastián se levantó lentamente.
—Intenté hacerlo.
—¿Intentaste?
—Sí.
Se acercó a ella.
—Pero cada día que pasa se vuelve más difícil.
El corazón de Alina comenzó a latir más rápido.
—Sebastián…
—No te voy a obligar a nada —dijo en voz baja—. Pero tampoco voy a fingir que no siento nada.
El silencio entre ellos se volvió peligroso.