La deuda del millonario

Celos peligrosos

Aquella noche Sebastián llegó tarde a la mansión.

Pero cuando entró al salón, vio algo que lo hizo detenerse.

Alina estaba en el sofá.

Hablando por teléfono.

Y sonriendo.

—Sí, Daniel —decía ella—. Gracias por hoy.

Sebastián sintió cómo la sangre le hervía.

Alina colgó el teléfono.

Y cuando levantó la mirada, vio a Sebastián observándola desde la puerta.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —preguntó ella.

—Lo suficiente.

Alina cruzó los brazos.

—No tienes derecho a escuchar mis conversaciones.

Sebastián caminó hacia ella.

Sus ojos estaban oscuros.

—¿Saliste con él?

—Sí.

El silencio se volvió tenso.

—¿Por qué?

Alina lo miró directamente.

—Porque contigo no puedo hablar.

Las palabras lo golpearon.

Sebastián apretó la mandíbula.

—Mantente lejos de él.

Alina levantó una ceja.

—No eres mi dueño.

Sebastián se acercó más.

—Tal vez no.

Su voz era baja.

Pero peligrosa.

—Pero tampoco voy a quedarme mirando mientras otro hombre intenta quitártе.

El corazón de Alina latía fuerte.

—¿Por qué te importa tanto?

Sebastián no respondió.

Solo la miró.

Como si estuviera luchando contra algo dentro de él.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.